La ciudad

Preservar para reconstruir y mantener viva la memoria

Restituirán 41 legajos a familiares de estudiantes y docentes de la Facultad de Humanidades de la UNR desaparecidos por el terrorismo de Estado.

Jueves 12 de Marzo de 2020

Por más inverosímil que suene, el sótano de la Facultad de Humanidades y Artes guardó claridad durante años. A partir de un "depósito de papeles" y de una placa gastada en recuerdo de estudiantes desaparecidos y asesinados, se conformó un programa de preservación que reconstruye el pasado y que restituirá, el 19 de marzo, legajos a familiares y amigos de 41 estudiantes, graduados y docentes desaparecidos y asesinados por el terrorismo de Estado. Un legajo o tan sólo un acta de examen pueden ser la punta de un largo hilo que ayude a entramar historias, a echar luz sobre el pasado y a mantener la memoria activa.

El programa de preservación de la facultad encontró evidencias materiales de 78 personas: 44 mujeres y 34 varones. "Es la facultad con más desaparecidos y asesinados de la UNR (Universidad Nacional de Rosario). Fueron 78 personas que participaron del centro de estudiantes, rindieron materias o hasta recibieron sanciones", dice Cristina Viano, responsable del programa de preservación.

La restitución será a familiares y amigos de 41 estudiantes, graduados y docentes, aunque la conmemoración corresponderá a las 78 personas. Las identidades que completan la lista son de la carrera de psicología, dependiente de la institución de calle Entre Ríos hasta 1988, y los legajos de esas personas se restituyeron en 2011.

En 2016, la muestra que organizó la Escuela de Historia de la facultad a 40 años del golpe de estado abrió la posibilidad de indagar sobre la historia de estudiantes, graduados y docentes desaparecidos. Así, se formó el programa de preservación que comenzó a investigar en toda la institución para intentar reconstruir el pasado de la Facultad de Humanidades y Artes (en ese entonces, de Filosofía y Letras) a partir de evidencias materiales que encontraron.

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Una placa de bronce desgastada, recordatorio de desaparecidos y asesinados por el terrorismo de Estado a la entrada del salón de actos de la facultad, fue el comienzo del entramado de historias. "Eso fue una iniciativa que se tomó a fines de los 90 y fue nuestra primera base", cuenta Cristina sobre el homenaje que hizo un grupo de docentes. A eso, Laura Luciani, del programa de preservación, agrega: "La placa se hizo en base a la memoria. Tuvimos que ir reconstruyendo muchos datos".

De esa placa pasaron a otras, con la misma metodología: revisando nombres y buscando evidencias materiales, como legajos estudiantiles y fichas docentes. "Buscamos por todas las dependencias de la facultad", explica Cristina.

Frío y húmedo es el sótano donde una trabajadora no docente de la facultad les indicó que busquen un "depósito de papeles". Acá es donde la diferencia entre depósito y archivo se clarifica: "Encontramos cientos de cajas y más de treinta bolsas de consorcio con papeles. Había legajos de desaparecidos y un montón de documentación que da cuenta de la vida institucional, política e intelectual de la facultad, desde el 47 hasta los años 80".

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Todas las respuestas no estaban en alumnado ni en los legajos encontrados. La búsqueda se ramificó y se cruzaron datos con el archivo del Parque de la Memoria, el Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado (Rutve), colegas y compañeros.

"Surgió la idea de buscar actas de exámenes que nos dieron la punta para encontrar otros números de legajos, encontrar nombres y volver a alumnado", detalla Laura. Esto sirvió para los inscriptos previos a 1970, cuando se habilitó un libro de inscripción de alumnos.

Además de buscar en carreras que existen hoy, se encontraron con algunas extintas (bibliotecología) y otras que ya se encuentran en otro espacio (comunicación social y trabajo social). "La práctica de archivo y el diálogo con actores del pasado y el presente es permanente. Hay actas de exámenes que son los únicos testimonios del pasado", dice Cristina.

Reconstruir y comunicar

Dar la noticia para citar a familiares y amigos al acto no es fácil. El primer impacto es fuerte ya que los entornos de los desaparecidos y asesinados, por la edad, no suelen conformarse por padres o madres: "Nos encontramos con hermanos, hijas, primos, cuñados y amigas que están dispuestos a venir desde muy lejos para participar del acto. Hay un espectro muy amplio de familias fuertemente castigadas".

"Contactar a los entornos es difícil porque no tiene que ver con nuestro oficio, pero las recepciones fueron muy gratificantes", confiesa Laura.

El equipo de preservación encontró personas, pero también historias y planificaciones a futuro para que la memoria siga viva y activa: "Amalia se graduó en la UBA (Universidad de Buenos Aires), y fue docente y secretaria técnica de la Escuela de Historia acá. Gracias a la directora del centro de memoria de La escuelita de Famaillá (primer centro clandestino del país, en Tucumán) pudimos hablar con sus hermanas y tomaron la restitución muy bien".

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Cristina cuenta que las hermanas de la mujer, de 77 y 75 años, le dijeron que Amalia (hoy tendría 72 años) tuvo una hija en cautiverio. Todavía no saben nada de ella, pero confiaron tener "todo preparado para que la próxima generación de la familia, si ellas no la encuentran, pueda hacerlo".

"Una empieza a entramarse con personas que ni siquiera conoce. Los legajos nos llevaron a entramar nuestras vidas con historias de personas que no conocimos y con familiares que estamos conociendo para hacer el acto de restitución. Eso me impacta", reconoce Laura.

El 19 de marzo, una parte del trabajo de años del programa de preservación saldrá a la luz. Las placas desgastadas y el pasado difuso comenzarán a quedar atrás gracias a un trabajo tan necesario como mantener activa la memoria.

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