Macarena Cabruja muestra su mejor onda pero al principio le cuesta arrancar y expresar lo que siente. El sábado pasado, esta rosarina de 25 años que se crió en Echesortu, es guardavidas y profesora de educación física, le salvó la vida a un nene de 10 años metiéndose a un mar embravecido en una playa de Palma de Mallorca. "No soy una heroína, eso fue algo del corazón", le dice a La Capital desde España sobre el momento en el que no dudó en dejar de jugar al vóley con un amigo para zambullirse al mar.
Maki, una libriana nacida el 1º de octubre y que estudió en el Instituto Zona Oeste, en Santa Fe y Sucre, afirma una y mil veces que le da "cosa" hablar de lo que pasó el sábado a la tarde. "Yo me tiré y me entregué a esa persona que no sabía ni quién era", comenta.
La chica se va soltando, pide disculpas por parecer parca y se empeña en transmitir un mensaje esperanzador y buena onda. Ese que habla de mirar al otro, de ser más humanos.
Antes, se anima y cuenta algunos detalles del rescate: "Eso no fue trabajo, eso fue corazón. Había alguien en peligro, no importa quien fuera, lo importante era darle una mano. Yo sabía cómo estaba el mar porque habíamos tenido cuatro resacas más. Sabía lo que chupaba el mar, pero esas cosas no salen de la cabeza. Cuando me estaba sacando los pantalones sabía dónde me metía y sabía que había una parte que podía salir bien pero estaba todo para que saliera mal. Aparte, la gente no me ayudó, pedí ayuda y la gente me bajó la mirada", cuenta con un dejo de indignación.
>> Leer más: Una guardavidas argentina salvó a un niño de morir ahogado en Palma de Mallorca
No quiere hablar pero da la sensación de querer desahogarse: "Con este nene no nos dimos por vencidos, pero el mar nos comía. Me senté en una boya, quise remolcarlo y el mar me tiró para atrás, volví a la boya, miré el puerto y algo me dijo 'no te sentés, aguantá un poco más que alguien va a venir a buscarte'. Ese poco más fueron como 20 minutos. Después vino un barco pero tampoco pudimos subir por las condiciones del mar. Por eso, nadie sabe, ni yo, cómo salimos nadando de ese mar".
"El nene se estaba por morir y me dijo que pensaba que no lo iba a salvar porque era negro".
Duda unos instantes y cuenta que esta situación "fue la peor que me tocó enfrentar. Pero reconozco que soy mandada, entreno y confío en el estado que tengo".
Y como si fuera el único lugar al que quisiera llegar, recuerda una frase del nene que la conmovió de pies a cabeza: "El nene se estaba por morir y me dijo que pensaba que no lo iba a salvar porque era negro. Ahí me hizo pensar que ya de chico estaba condenado a saber a qué mundo de mierda iba a venir. Por eso el mensaje creo que es ese, empezar a pensar un poco más en el otro. A veces vemos a alguien sentado en la vereda y muerto de frío. ¿Por qué no alcanzarle un termo con agua caliente? Si entre todos nos cuidáramos un poco más seríamos mucho mejores. Para mí una sonrisa, un cómo estás, estar atento al otro. Eso es lo que importa".
En medio de la entrevista cuenta que le faltan unas materias para recibirse de instructora de trekking y que no tiene muy en claro qué le deparará el destino. "Soy profesora de educación física, hasta los 15 años viví en Mendoza y Avellaneda, después viví dos años entrecortados en una casa rodante en San Rafael, Mendoza, donde empecé a estudiar la escuela de montaña y me quedan un par de materias para recibirme de instructora en trekking. Estudié para guardavidas en la Cruz Roja de Rosario. Pero vamos a ver qué me depara la vida".
También amplía su currículum asegurando que jugó al vóley en Náutico Avellaneda desde los 6 hasta los 17 años, pero además hizo circo, jugó al fútbol de once y le encanta andar en bicicleta.
Macarena, que llegó el 20 de abril a Barcelona, el 25 voló a Menorca, donde trabajó dos meses de socorrista, llegó el 1º de julio a Palma de Mallorca, donde trabajará hasta el 30 de octubre, para luego viajar unos días hasta que el 11 de noviembre emprenderá la vuelta a Rosario.
Aquí la esperan mamá Laura, papá Pablo y sus hermanos Federico y Matías, sus amigos de muchos años y el reencuentro con los afectos.
Piensa unos instantes antes de asegurar que no tiene muy en claro en qué cree: "Siempre que me preguntan si creo en Dios me imagino al barbudo de la foto. Pero cada vez que he tenido situaciones graves jamás se me cruzó. Pero cuando veo a tanto gente creyendo era como que no sabía a dónde llevar ese mensaje. No sé en qué confío, a veces en la gente, en el universo, en las atracciones. No lo sé bien".
Refuerza la idea de que no es una heroína y otra vez vuelve sobre su mensaje esperanzador: "No soy ninguna heroína. Soy Maki -y se ríe a carcajadas- podría haber estado yo ahí. Podría haber sido mi mamá, mi hermano. Y haría otra vez lo mismo".