La ciudad

La mujer para la que las emociones no tienen ningún límite

Participa desde hace años como voluntaria en cuatro instituciones y derrama amor con los niños internados en el Hospital Vilela.

Domingo 18 de Febrero de 2018

Un ventanal extenso separa el área de oncología infantil de la calle Dorrego. Desde el pasillo las mamás ven pasar el ajetreo de la mañana, o la lluvia, el sol y las noches frente a las habitaciones donde sus hijos reciben tratamiento. Como voluntaria del Hospital de Niños Victor Vilela, Gisela Pavé Glerean eligió ese micromundo y desde hace ocho años, todos los martes, lo recorre con su música y la certeza de que las buenas emociones cambian la densidad del lugar, alivian y ponen sonrisas entre tubos y sondas.

"Mi función es la recreación en el área lúdico musical", dice Gisela con un grabador rojo en una mano y un guiro en la otra, después de recibir a La Capital para un recorrido que comienza en Sala Uno. Es cálida, delgada, siempre sonríe, lleva un ambo verde, pelo recogido y sus grandes ojos delineados. Es voluntaria desde los 16 años y tiene 34.

Comenzó con el Hogar del Padre Tomás Santidrián y en el Centro de Apoyo Integral Hematológico (Cenaih), que aloja pacientes. Ocho años atrás, cuando perdió a su pareja por el cáncer, reorientó su ayuda y llegó al Vilela con sus instrumentos musicales. Se gana la vida como acompañante terapéutica y tallerista de música, está a pocas materias de convertirse en psicóloga y también recorre geriátricos con la nariz roja de payaso mientras crece su proyecto Arte y Salud en Geriatría.

"Las emociones siempre están intactas, perduran hasta el final", dice Gisela sobre su tarea con abuelos donde la soledad y las limitaciones por patologías, los vuelven tan vulnerables como los niños que visita. A esos dos grupos sitiados por la enfermedad o el desamparo, ella eligió dedicar sus esfuerzos y hasta sus sueños: "Tener mi propia Fundación". Por lo pronto, tiene amigos músicos de fierro, que responden cuando ella los convoca para sus intervenciones.

"La medicina hace lo fundamental, pero la música y el arte alivian, aún cuando no se pueda curar un ciento por ciento", explica. Además de voluntaria en el Vilela y los geriátricos, Gisela participa de la Asociación Civil Donemos Vida y del Cudaio, que promueven la toma de conciencia en la donación de sangre, médula ósea y órganos.

Salvo seis horas de su trabajo, el resto es solidaridad. "El Hospital de Niños es mi casa, somos como una familia", enfatiza y asegura que la ayuda al prójimo le permitió exorcizar su dolor individual porque "dar es sanador", sintetiza. Las monedas de cambio son tan sencillas como inefables: la sonrisa de los niños, la complicidad de médicos y enfermeras que se suman a sus cantos y hasta los padres haciendo palmas con más miradas que palabras.

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En acción    

Gisela saca del bolsillo la nariz de payaso, se la coloca, abre la puerta, conecta el grabador rojo, suena Topa y dice "hola". La habitación tiene dos camas, en una está Ian, que para operarse del corazón llegó desde San Justo, "donde en el hospital no hay alguien que los haga sentir bien un rato", dice su mamá. En la otra, Mili, que vive allí con acompañante terapéutica hasta que se resuelva una situación legal.

Entre ambos no suman dos años, pero cuando ella reparte los sonajeros musicales, comienzan a moverse y los ojos se vuelven inmensos. "¡Volandoooo!", canta Gisela acompañando la canción con los brazos desplegados y bailando. Los presentes acompañan. Los médicos se asoman y sonríen. El "silencio hospital" del clásico cuadro de la enfermera parece un recuerdo, en la sala hay niños y la enfermedad sólo un paréntesis.

"Uno ve el cambio. A los niños acostados con miedo y sin hablar, Gisela logra transformarlos"

"Es maravilloso trabajar en equipo con personas que hacen esta actividad", dice la pediatra y jefa de clínica de la Sala 1, Patricia Taborda. ¿Qué sucede en la sala con estas intervenciones de alegría? "Se transforman", enfatiza la médica y desactiva un prejuicio, el que asocia un hospital al silencio y la circunspección de delantales blancos. "Esto nos permite bajar tensiones por un momento, algo que necesitamos", afirma.

"La actividad de Gisela es brillante, moviliza a los niños, a los papás y a todos nosotros, uno ve el cambio; a los niños acostados, con miedo y sin hablar, ella los transforma", explica la pediatra. Y da una pista de la importancia de trabajar las emociones para reforzar las partes sanas del niño: "Antes que el cuerpo, se enferma el alma".

"Lo que hago es tratar de continuar con esa infancia que se ve interrumpida por tanto tiempo de tratamiento", dice frente a la sala de terapia donde la acción se focaliza más en la escucha, el acompañamiento y el abrazo con familias que esperan horas los partes médicos. "A ella la conoce desde bebé", dice la mamá de Vida, que ahora tiene cuatro, y explica lo bien que se siente la niña cuando llega el grabador rojo y la guitarra.

Mientras pasa por paredes con dibujos y juguetes, Gisela explica los lugares del Hospital con los que enlaza su sueño y su arte. La recorrida termina en el área oncológica. Mateo está en quimio y sonríe cuando ella canta "Una casita". Desde salas contiguas y en la misma situación, dos niños le responden con la mano a través del vidrio. "Esta es el área que más me emociona, junto a los transplantes de médula son mis dos fuertes de lucha", explica Gisela. Donde el largo pasillo hace esquina, apoya el grabador rojo, la calle Dorrego sigue ajetreada, un ventanal, un límite, como el que ella fuerza cada martes, para ganarle al dolor en el micromundo que eligió exorcizar. "Nadie lucha solo", dice sobre el final, cuando ya sólo podía hablar un abrazo.

Gisela Pavé VIDEO


Un servicio especial

"Somos un grupo de mujeres que trabajamos, conteniendo a la mamá, acompañando al niño, hacemos un poquito de todo", explica la jefa del Servicio de Voluntarias, Cecilia Forniglia, frente a la impecable salita que ocupan, con ropa y juguetes clasificados, además de envases de infusiones y chocolatada para los ricos desayunos con pan y dulce de leche que sirven en el área oncológica del Hospital de Niños Víctor J. Vilela. Hay una foto de la Madre Teresa y su recomendación de "dar hasta que duela", va justo con la tarea de las 70 mujeres. El 4 de mayo el servicio cumple medio siglo y van a festejar a lo grande. Reciben ropa de niños y adultos, elementos de higiene y juguetes limpios y en buenas condiciones.

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