“Hilarión (Hernández Larguía) y (Juan Manuel) Newton cambiaron la tipología de la casa chorizo por otra forma de organizar el espacio de la vivienda urbana, introdujeron nuevos conceptos: una medianera compacta, ventilación cruzada y una organización básica de comedor, cocina, baño y estar tipo cochera en la planta baja y los dormitorios arriba” advirtió el arquitecto y profesor Aníbal Moliné –quien trabajó con el extinto referente de la arquitectura rosarina–, en el comienzo del recorrido por la Casa Estudio, de San Luis 448, en el marco del Open House, el encuentro que recorre obras de distintas ciudades, que sus titulares abren a los visitantes.
La Casa Estudio Hilarión Hernández Larguía es una bella casona centenaria, de pisos de mármol, aberturas de madera pintadas de blanco y detalles de construcción de gran calidad “que hicieron que estuviera cerrada como 20 años y no tuviera humedad” contó Moliné en un alto de su exposición.
“Esta casa tiene un valor muy grande. La conocí en el 55 por unas conferencias del Instituto Libre de Estudios Superiores, que en el 56 nos invitaron a una cátedra libre del Centro de Estudios de Arquitectura. Esta casa está muy ligada a la vida de sus personajes. Hilarión convirtió esta casa en un centro cultural porque era una forma de mantener viva a su esposa, que sufría Parkinson y sólo se comunicaba con un teclado. Hilarión y su socio, Juan Manuel Newton, transformaron esta casa en un lugar de encuentro de los artistas de la época, con los que se reunían a la hora del té, en charlas en las que participaban Borges, Gary Vila Ortiz y Jorge Riestra entre otros referentes del arte y la cultura” abundó Moliné, parado en el primer cuarto de la vivienda. “Borges venía a tomar el té y después pasaban a este living donde descansaban y fumaban” reveló el arquitecto distinguido por el Concejo Municipal y con tamaña devoción por Hillarión que bautizó “H” al estudio que fundó.
“Hilarión tenía una gran biblioteca personal, con numerosas obras de arquitectura europea, que donó a la entonces Escuela de Arquitectura, que funcionaba en la Facultad de Ingeniería, donde luego se fundó la biblioteca de la Facultad de Arquitectura, que lleva su nombre” reportó el profesor extitular de la cátedra Proyecto.
El encantador pasaje Monroe
Las encantadoras casas de Callao y el pasaje Monroe, construidas en 1924 con un plan del Banco de Edificación Rosarino, alternan entre unidades edificadas en planta baja o en planta alta, al frente o en el centro de manzana, “con leves diferencias que hacen que no haya dos viviendas iguales” subraya Moliné.
Una puerta de hierro hecha mano abre paso a una amplia escalera de mármol de Carrara, paredes con estucado italiano y aberturas de cedro, pisos de pinotea y un impresionante jardín interior, en el que se unen los fondos de varias casas en el centro de manzana, con la extraña excepción de “los cosos de al lado” –como cantaba el tango– unos vecinos que cortaron todas las plantas y cosecharon un páramo en pleno otoño. Hilarión Hernández Larguía y Newton diseñaron y construyeron edificios emblemáticos de nuestra ciudad, como el Museo Castagnino, Aricana, La Mercantil Rosarina (de San Lorenzo y Mitre), esta casa del barrio Martin de 1924 y el conjunto de viviendas de Callao y el pasaje Monroe, construidas por un plan del Banco de Edificación Rosarino, al que Moliné hizo referencia.
“Hilarión siempre estuvo muy vinculado a todas las expresiones culturales y visitaba a sus autores en los lugares de trabajo para aprender cómo construían sus obras, y decía que los niños deben aprender de la naturaleza, como le había pasado a él cuando vivió en el campo” recordó el profesor extitular de la cátedra de Proyecto de la Facultad de Arquitectura.
En cuanto al cambio de la tipología de la casa chorizo que caracterizó la construcción de los inmigrantes mayoritariamente italianos de la Rosario de fines del siglo XIX y principios del XX por las nuevas viviendas construidas por el Banco de Edificación Rosarino, Moliné sorprendió con la elocuente anécdota de Hilarión Hernández Larguía: “El reemplazo de los 4 metros de altura de las casas chorizo por los 3,20 metros de las nuevas tenía mucha resistencia de algunos posibles compradores, que decían que «les faltaba el aire». Entonces Hilarión los convencía con un ejercicio muy ingenioso: agarraba un plumero con un mango de cuatro metros, le colocaba una vela encendida en la punta y comenzaba a subirlo lentamente; la llama era muy vivaz a los 3,20 metros, pero empezaba a languidecer a medida que subía y tenía menos oxígeno cuando se acercaba a los 4 metros”.