La Capital rastreó tres historias de personas con cambio registral incluido (DNI con el nombre autopercibido, tal cual lo habilita la ley Ley de Identidad de Género de Argentina). Son el empleado del Concejo municipal Santiago Quizamás, la trabajadora en el Rectorado Andreína Di Brino; y la pensionada Mariana "Chocolate" Fernández.
A través de estas historias se visibiliza la importancia de la implementación del cupo: entrar o no para esta comunidad es sencillamente la posibilidad de dejar el trabajo sexual, en caso de decidirlo. Más cuando la encuesta de Vulnerabilidad de Derechos Trans de la Subsecretaría de la provincia de 2019 demostró que el 90 por ciento de las mujeres adultas trans se dedican a este tipo de trabajo.
Pero además, y sobre todo, significa proyectar una vida con derechos más allá de las cuatro décadas.
No se elige, te toca
Santiago recibe en una oficina del anexo del Concejo, con una ventana abierta a la calle. Trabaja allí desde enero de este año y se muestra orgulloso por haber logrado a sus 42 años el primer trabajo registrado. El es tercer varón trans en entrar al mercado laboral a través del cupo del municipio desde 2016, lapso en que ya ingresaron 12 mujeres.
Antes fue tapicero y oficial remallador. "Siempre trabajaba adentro del taller, como guardado, escondido", señala quien a los 13 años dice que salió del closet: dejó de socializarse como nena y asumió la voz y fisonomía varonil que lo identifican hasta hoy.
Con este cuerpo estudió artes visuales, se casó; con este cuerpo es padre de una nena de 7 años, tras intentar varios tratamientos de reproducción asistida con su mujer, y ahora, como Santiago trabaja en la Comisión de Feminismo y Disidencias del cuerpo legislativo local y es presidente de la Asociación de Varones Trans y no binares de Santa Fe.
Pero nada fue fácil. Ser tratado como nena por los médicos, que te hagan hacer gimnasia con las chicas, ir a un baño sin puertas y lleno de mingitorios o acudir a una entrevista laboral cuando pedían personal femenino, fueron unas de las pocas complicaciones. Dice que una vez hizo cola en una librería y fue vestido lo más neutro posible, con pantalón y camisa blanca, pero lo rechazaron. Para mujer era "muy masculino", le decían por su expresión de género a quien terminó haciendo un tratamiento hormonal y con una familia que lo apoyó bastante.
"Cuando era adolescente una abuela me permitía estar en cuero en su casa y eso era inmenso: yo me sentí siempre un pibe. Aunque lo que más ayudó a mi identidad es mi nombre: me lo puso mi hija, ella lo eligió. Que te nombren es lo más importante, venimos de identificarnos como lesbianas y pasamos a ser varones trans: esto no se elige, te toca".
La asociación de varones trans que preside tiene un centenar de integrantes de varios rincones de la provincia. El más pequeño tiene 8 años y el mayor 60.
"Si mi historia fue difícil, hay que imaginarse la de quien que vivió así sesenta años, a muchos varones como a mí se los echa de los hogares, nunca consiguen un trabajo formal y carecen de obra social, los maltratan en las escuelas, no saben tramitar sus documentos. Somos los más invisibilizados y si no, pensemos, ¿cuánto hace que se habla de cuerpos gestantes?", pregunta Santiago antes de marcar que hay unas quince localidades santafesinas donde el cupo trans, ya reglamentado en septiembre de 2020 por el gobernador Omar Perotti, aún no se aplica.
Así lo declamó el sábado pasado en la plaza San Martín cuando se realizó el Banderazo Federal y Plurinacional. "Por suerte tras anotarme dos veces ingresé esta tercera vez, pero queda mucha gente aún sin gozar del cupo. Necesitamos que el decreto nacional se transforme en ley, que la comunidad pueda ingresar a bancos, Tribunales, Pami o a la Afip. Y que se implemente el cupo en ciudades como Roldán, Sunchales, Rafaela y tantas más".
Para los padres o adolescentes que puedan estar viviendo algo de lo que él vivió, Santiago facilitó los datos de La Casita LGTBI (Centro Social y Cultural para Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales de Argentina y Santa Fe), de Córdoba 3650. Allí, los jueves de 16 a 19 hay reuniones con niños y adolescentes y sus grupos familiares para debatir e informarse sobre las problemáticas trans.
De la Panamericana a la Universidad
"Súper" contesta Andreína Di Brino cuando se le pregunta qué tal está con el nuevo trabajo que realiza ya desde hace dos meses. Y contestará lo mismo cuando se le pregunte cómo la tratan sus compañeros y compañeras: "Súper, estoy contentísima", dice detrás del barbijo con el logo de la UNR y con los guantes amarillos de limpieza puestos, con los que realizael aseo de baños y oficinas del primer piso de la sede académica de calle Maipú 1065.
"Antes el problema de no tener trabajo era ser transexual, ahora es también la edad", dice Andreína contenta de haber ingresado este año a la planta de trabajadores de la UNR junto a otras dos mujeres y un varón trans.
Sobria, con más de 1.75 metro de altura, 48 años de edad y rodete, a esta mujer tener un trabajo registrado como no docente le dio "tranquilidad".
No sólo porque tiene un "sueldo" sino porque termina de trabajar y sabe que llega viva a su casa, Algo muy diferente al trabajo sexual durante horas que hizo hace tiempo en la Panamericana, cuando vivía en Buenos Aires.
"La avenida tiene ocho carriles, sortearlos a toda velocidad, con tacos y con autos que pasan a 140 kilómetros por hora para que la policía no te alcance fue el motivo por el que más de una compañera perdió la vida", asegura Andreína, quien contará a este diario que también cayó presa, la pasó mal "muchas veces" y que supo alimentarse en el comedor para trans que funcionaba en San Luis y Dorrego (hoy en Santiago y Santa Fe).
El 125 es el interno de su espacio de trabajo. Un rincón pulcro lleno de baldes, trapos, lampazos y coloridos bidones llenos de líquidos de limpieza.
Dice que nunca perdió el ejercicio de presentar currículums y se anotó en los cupos hasta que lo logró. Pero no por eso piensa que hay que ampliar las posibilidades a las más jóvenes.
"Hay muchas chicas trans de unos veinte años, muy calificadas, que deberían tener un trabajo registrado", sostiene.
El año pasado se inscribieron 172 aspirantes al cupo laboral trans de la UNR nominado Alejandra González en memoria a una ex trabajadora no docente de Bioquímicas, fallecida en 2018.
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La trabajadora trans no docente del Rectorado, Andreína Di Brino, logró este año a sus 48 años su primer trabajo registrado.
Foto: Virginia Benedetto
En este cupo a diferencia de otros no se exige el cambio registral. "Nosotros lo consideramos un derecho, no una obligación", señala el coordinador del Area de Género y Sexualidades de la UNR Luciano Fabbri.
Los criterios de selección priorizaron la población mayor de 40 años que es la que menos posibilidades de ingresar al mercado laboral formal tienen.
"Y respetamos, además, la proporción de las identidades de género que eran de dos tercios de feminidades travestis trans y de un tercio de masculinidades. En base a eso fuimos a una preselección, una chica ingresó a un centro de salud como técnica en enfermería, una más al mantenimiento, y un fotógrafo trans ingresó al área de género y sexualidades", dijo Fabbri.
Voz de Chocolate
Abre la puerta roja de su casa y se presenta como "Chocolate". Y si se le pregunta por qué, Mariana Fernández, una mujer trans de 60 años que por alcanzar esta edad se autodefine como "una sobreviviente", contestará a las dos cosas.
Dirá que a la puerta la pintó así para cumplirle una promesa al Gauchito Gil y confesará que eligió llamarse como "algo dulce" para olvidar una vida plagada de tristezas: hambre, golpes, drogas, alcohol, inyecciones caseras para lograr glúteos firmes y más de una violación.
La primera impresión al verla es pensar en Florencia de la V o en la española Bibi Andersen, quienes con costosa producción lograron belleza y elegancia. La historia de Chocolate no tiene nada de ese glamour, pero de haber podido ser no tendría nada que envidiarles a ambas artistas.
Es alta, fibrosa, se contonea con armonía, conversa rápido, entretenida y respetuosa; pero vive en una casa precaria donde falta pintura en todas las paredes y sobra humedad; viste ropas modestas y prácticamente está sin dientes porque se los "bajó hace tiempo a golpes, la policía" dice y sonríe detrás de un barbijo con estrellitas.
Asegura que lo poco que tiene lo comparte con la gente del barrio. Chocolate consiguió ollas, polenta, arroz, menudos, verduras, ropa, libros y dos mujeres, Fany y Ana, como maestras, que hasta le enseñan a leer y a escribir a ella.
No ingresó a ningún cupo, ni lo espera siquiera: la informalidad laboral y de su cotidianidad prácticamente la atravesaron toda la vida. Cobra una pensión de apenas 13 mil pesos por invalidez y aún así sostiene un comedor, un roperito y brinda ayuda escolar a decenas de familias en zona sur, pleno barrio Acindar (Pasaje Choel Chole al 4200). Reconoce sin embargo que a su edad ya le gustaría "descansar".
Chocolate trabajó alguna vez en el Swift como etiquetadora de latas y también en una empresa, engrasando bicicletas. Pero hace tiempo que no sabe de vacaciones pagas, ni obra social ni aguinaldos y cree que nunca más lo sabrá. Sí sabe lo "espantoso" de trabajar por años en la calle y en la ruta, para mantener a una familia de cinco hijos.
Nació en Goya (Corrientes), sólo cursó hasta tercer grado de la primaria y tuvo un padre "macho" con tres mujeres y 24 hijos, quien "lo que menos esperaba era que un hijo le saliera puto" y con voz aflautada.
Ese fue el "pecado" de Chocolate, dice. Más que su homosexualidad, su voz: la condenó a golpes y burlas desde muy chica. Le pegaban sus padres, sus hermanos, los amigos de sus hermanos, sus vecinos. Y ella solo lloraba.
"Es que a los nueve años ya hablaba como una nena y no jugaba con gomeras: moría por ponerme los trapos de mi mamá y bailar a lo Rafaela Carrá", cuenta.
La primera vez que se travistió fue a los quince años con ayuda de una amiga, Nancy.
"Fui feliz, las trabas somo así, rompemos reglas, pero esa locura nos da placer y nos une en la desgracia", asegura abrazando la bandera de la Dignidad LGTBI la mujer que dice que "siempre" ayudó a sus compañeras para alquilar una pensión o con un plato de comida.
"Acá, a esta casa llegaron a venir veinte mujeres trans a comer porque estaban en situación de calle. Alguien dijo que el trabajo dignifica, pero no el de acostarse con cualquier tipo, horrible y sufrir violencia, un trabajo de verdad. Ojala las más jóvenes lo logren", desea Chocolate la mujer del nombre dulce.