La ciudad

El rosarino que se fue a hacer trekking a Nepal y sobrevivió al terremoto

Raúl Pera hacía un periplo con un grupo de catalanes cuando se produjo el sismo. Llegó hasta la base de la quinta montaña más alta del mundo y regresaba a Katmandú cuando lo sorprendió el temblor

Domingo 10 de Mayo de 2015

“Cuando Nepal tembló fue como si todo pasara en cámara lenta. Vi mucha desesperación y angustia en los rostros de las personas que me rodeaban. Todavía me acuerdo de esas caras y las voy a recordar por mucho tiempo”. Raúl Pera no habla desde Katmandú sino en una oficina de Corrientes y Ocampo, en Rosario, pero el 25 de abril se encontraba en Phakding, una remota aldea de montaña, cuando un sismo de 7,8 grados en la escala de Richter sembró la desolación en esa región de Asia. Después del temblor, pasó dos días en ese poblado, luego otros dos más en Katmandú y después pudo salir a Nueva Delhi, en India, para volar a Barcelona y de allí a Buenos Aires. No sufrió ni un rasguño, pero se lo atribuye a la suerte y afirma que no puede dejar de pensar en las personas a las que conoció durante la experiencia. Regresará a Nepal el próximo año, otra vez para hacer trekking, el motivo que lo llevó hasta ese punto lejano del planeta.

Raúl Pera tiene 49 años y es industrial. Está casado y tiene una hija de 15 años. Su pasión es caminar en la alta montaña. Explica que hacerlo a cinco mil metros le permite desconectarse como no lo consigue de ninguna otra forma. Cuando lo hace, puede caminar hasta catorce horas seguidas, durante quince días o incluso más. “No representa ninguna carga ni una monotonía. Es una forma de libertad y yo la disfruto”, asegura.

Hizo trekking en Bariloche y en Córdoba, “tantas veces que ya no sé cuántas”. También en el Aconcagua, donde en dos ocasiones estuvo a punto de hacer pico aun sin ser alpinista. En 2011 caminó por la alta montaña en Kirguistán, una ex república soviética. Dos años después fue por primera vez a Nepal. “Caminé 20 días en la montaña, y solo”, cuenta. Regresó a ese país este año, aunque al planear el viaje no imaginó que a la aventura del trekking se le agregaría otra, menos placentera y mucho más dramática.

Su objetivo era llegar a Makalu, una montaña de 8.481 metros, el quinto pico más alto del planeta y uno de las catorce que superan los 8 mil metros. “Contacté a cinco catalanes y nos unimos a una expedición de alpinistas que iba a intentar llegar a la cima”, cuenta. El grupo estaba al mando de Ferrán Latorre, un mítico montañero catalán, y lo integraban varios alpinistas de renombre. Pera y sus amigos llegarían hasta el campo base del Makalu, el lugar donde los alpinistas preparan la logística y se aclimatan para atacar la montaña. El campo base del Makalu está a 4.900 metros.

El viaje. El rosarino partió de Ezeiza el 6 de abril. Allí se reunió con sus compañeros de ruta y luego partió hacia Katmandú vía Estambul. Llegó a la capital nepalí el 9 y enseguida voló a Lukla. Por una ruta precaria viajó en 4x4 hasta Tumlingtar, una pequeña aldea que es la puerta de entrada al Makalu y el Everest. Todavía tuvo que seguir hasta Nun antes de empezar el tramo de a pie, que era su gran objetivo personal. El 10 de abril empezó el trekking. Serían siete días de caminata, de entre siete y 14 horas diarias.

“Caminábamos durante el día y a la noche dormíamos en refugios de montaña”, cuenta. Llegaron a la base del Makalu el octavo día y se quedaron tres, aunque en algún momento subieron hasta los 5.400 metros y desde allí pudieron ver el Everest. Las comunicaciones con el mundo exterior eran escasas y sólo podían contactarse de cuando en cuando vía satélite a través de los teléfonos celulares.

Los alpinistas siguieron rumbo a la cima, pero el rosarino y los catalanes debían volver a Lukla. La inesperada posibilidad de ir en helicóptero hasta el valle de Khumbu, cerca del Everest, les hizo cambiar de planes. Después de ese vuelo caminaron dos días y llegaron hasta Tengboche. El sismo los sorprendió cuando regresaban a Lukla.

El temblor. “Fue en Phakding, una pequeña villa en la montaña. Era un día nublado y de poca visibilidad, pero calmo. Estábamos dentro de un refugio, a punto de comer, y escuchamos un tremendo ruido. Después empezó a temblar y enseguida casi no podíamos mantenernos en pie. Todo se movía. Fue muy fuerte”, recuerda. Dice que el temblor duró unos 20 segundos, pero advierte que cada uno de los que pasó por esa experiencia podría decir otra cosa. “Es como si el tiempo se hubiese detenido y la percepción cambia según a quién le preguntes”, explica. “A muchos les pareció que duró cinco minutos”, ilustra.
En Phakding no hubo heridos, pero todos temían que hubiese aludes. En los senderos de la montaña había grandes rajaduras en la tierra. Pera dice que ni él ni sus camaradas entendieron en ese momento la magnitud del terremoto. Recién dos horas después, cuando el grupo se encontró con personas que habían tenido contacto con Katmandú, lo supieron: “Ahí entendí que tendría consecuencias masivas”.

Cuenta que, una vez que pasó el temblor, enseguida se puso a sí mismo en el rol de un espectador, “alguien que se iría de Nepal en pocas horas”. Sin embargo, no podía dejar de pensar en los cientos de miles de personas que nunca se irían. El grupo tardó dos horas en llegar a Lukla y en ese lapso hubo muchas réplicas del terremoto, igual que en las horas y días siguientes. “En dos días conté como 30”, recuerda.

Pera estaba bien, pero su obsesión era comunicarse con su esposa en Rosario para tranquilizarla. El sismo ocurrió en el mediodía de Nepal y en Argentina eran las 3 de la mañana. “Si ella y mi hija veían en la televisión lo que había pasado se angustiarían, así que yo quería ganarles a las noticias y para eso sólo tenía dos o tres horas”. Al llegar a Lukla pudo mandarle un mensaje de texto y se sintió aliviado. Ahora en su casa sabían que estaba a salvo.

Mientras estuvo en Lukla empezó a ver las dimensiones del desastre. Escuchaba muchas cosas y le resultaba complejo distinguir la información del rumor. “Era difícil saber qué era cierto y qué no”,

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