La ciudad

El aula magna de la Facultad de Medicina se llama Ernesto Guevara

Aleida, su hija y también médica, estuvo en Rosario y dijo que la salud no debe ser un negocio: “No se puede lucrar con el dolor ajeno”.

Jueves 04 de Junio de 2015

Desde ayer, el aula magna de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Rosario lleva el nombre de Doctor Ernesto Guevara, mucho más conocido por su práctica revolucionaria que médica, a pesar de lo ligadas que el guerrillero argentino-cubano mantuvo ambas cosas. Para participar del acto y descubrimiento de la placa, llegó a la ciudad Aleida Guevara March, la mayor de los cuatro hijos que el Che tuvo con su segunda esposa, la cubana Aleida March. El decano de la casa, Ricardo Nidd, afirmó que el bautismo apunta a “reivindicar la prédica del Che en su aspecto filosófico y su fuerte involucramiento con la salud del pueblo”. Aleida, que también en su profesión asumió el legado paterno, llamó a “los hombres y mujeres de la salud” a honrar la memoria de su padre “sirviendo al pueblo”, con la convicción de que “la salud no debe convertirse en un negocio” porque “no se puede lucrar con el dolor ajeno”.
  Durante el acto el auditorio estuvo colmado de profesionales de la salud, estudiantes y algunos invitados especiales al acto, como los diputados nacionales Hermes Binner y Juan Carlos Zabalza.
  Aunque no era la primera vez, la llegada de Aleida a Rosario, una asumida “embajadora de la revolución de Cuba”, convocó por sí misma y entre el público no faltaron expresivas adhesiones a ese país.
  Sin embargo, el acto apuntó a rescatar el perfil del Che como médico comprometido con una concepción social y humanista. De hecho, Nidd destacó que Guevara “adelantó veinte años”, porque en los 60 “ya planteaba algo que la Organización Mundial de la Salud propuso recién en el 78: la atención primaria como estrategia para la salud de todos”.
  “En la década del 60, el Che ya sentaba las bases sobre cómo romper la lógica hegemónica y pensar en cambio a la salud desde la prevención”, un principio que rigió desde los comienzos al gobierno cubano, recordó el decano.
  Y terminó con las palabras que el guerrillero envió a sus hijos como despedida poco antes de morir. “Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre ustedes. Casi no se acordarán de mi y los más chiquitos no recordarán nada. Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones”, les escribió.
  Después de exhortarlos a crecer como “buenos revolucionarios” les pidió, “sobre todo”, que fueran “siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”.
  Las palabras, que seguramente podría recitar, parecieron emocionar sin embargo a Aleida, que también es médica (pediatra y alergista).
   La mujer (que estaba por cumplir siete años cuando su “papá”, como lo llamó todo el tiempo, fue asesinado en Bolivia) pidió a los colegas rosarinos reunidos en el acto que el nombre de su padre “no se reduzca a una placa”, sino que se multiplique en “hombres y mujeres de la salud” dispuestos a “servir a su pueblo” y a “proteger la vida”, y reacios a pensar a su profesión como negocio.
  “La salud es un gran complejo” que incluye medularmente la dimensión “social y económica”, recordó, por lo que “un hombre que no tiene para comer, dónde vivir o qué dar a sus hijos no puede ser un hombre sano”.
  Y esa concepción, abundó, obliga al médico a comportarse también “como un ente social”, estar dispuesto a “cambiar todo lo que debe ser cambiado”, y a “pensar siempre en los demás”.
  Aleida también recordó la hermandad cubano-argentina cifrada a partir del nacimiento del Che en Rosario y sus estudios de Medicina en la UBA, pero extendió la idea de esa tierra de origen a la definición que diera en su poesía José Martí, “Patria es humanidad”.

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