El y su hermano mayor estuvieron desde los 60 hasta hoy al frente de los comercios Nipón y Seiko y no se explican aún, cómo no se dieron cuenta de que habían lavado a seco unos anteojos con estuche y todo.
"Cerramos ambos locales en breve: ya somos grandes y nuestros hijos se dedican al diseño gráfico, pretendemos que nuestros hijos y nietos nos superen" dice el hombre que nació en la isla más grande del archipiélago Ryükyü, donde sus habitantes son centenarios, con una de las tasas más bajas en alzhéimer y menor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Al escuchar el dato Toshizo se ríe y agrega, "debe ser por la falta de estrés, son islas paradisíacas".
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Gisela Zuzunaga junto al planchador de su tintorería, Alcídez Sánchez, al frente de un oficio que se va perdiendo.
Foto: Celina Mutti Lovera/ La Capital.
Cuando se le pregunta a Toshizo, rosarino por opción, qué colegas dejaron el rubro empieza a recordar direcciones de toda la ciudad y nombra apellidos ex amigos tintoreros: Hokama, Goya, Yogi, Hida, Tobuchi, Uehara, Tokama y Arakaki, entre otros. Todas familias que compartieron por décadas los domingos y fueron y son parte de las Asociación Japonesa.
"¿Por qué Okinawa fue cantera de tintoreros?", Toshizo asegura que "no se sabe" y arriesga, "debe haber empezado uno, enseñado al otro y así...".
En cambio, el nieto de tintoreros okinawenses e investigador del Grupo de Estudios del Este Asiático del Instituto Gino Germani (UBA), Pablo Gavirati (Miyashiro) agrega desde Buenos Aires que "las tintorerías japonesas surgieron en las primeras décadas del siglo XX, ligadas al servicio doméstico que en esa época se consideraba de prestigio si era de ese origen".
Gavirati analiza así un desgranamiento en el oficio que no es privativo de Rosario sino también de todo el país. En Buenos Aires, en los '60 hubo 2 mil tintorerías, hoy quedan apenas 200 según el Mapeo que se realizó sobre el tema.
En Buenos Aires fue también donde comenzó en 2005 un lobby en favor de una ley que casi pone al jaque a las tintorerías tradicionales: la 1.727, que entre otros puntos obligaba a sus dueños a actualizar su maquinaria, por una más cara e importada por una cadena gala de tintorerías rápidas (5 à sec). En Rosario pasó como un suspiro ya que no queda ningún local en pie.
Los comerciantes porteños formaron la agrupación de Tintoreros Tradicionales Agrupación Autoconvocados (TTAA) y resistieron la embestida por la que acusaban de "deslealtad" al gobierno macrista de la Ciudad de Buenos Aires (CABA) al entender que la hermana de la ex vicepresidenta Gabriela Michetti estaba tras el negocio y había "impulsado las inspecciones y multas", de unos 250 negocios chicos. La supuesta toxicidad del solvente de las tintorerías tradicionales fue el principal motivo para imponer las penas. Sin embargo desde TTAA aseguraban el químico utilizado por las máquinas francesas generaban vapores pesados y en caso de incendio produce gases venenosos como el fosgeno, utilizado en la Primera Guerra Mundial para asfixiar a los soldados enemigos.
Cuando se le pregunta a Toshizo, rosarino por opción, que colegas dejaron el rubro empieza a recordar direcciones de toda la ciudad y nombra apellidos de colegas: Hokama, Goya, Yogi, Hida, Tobuchi, Uehara, Tokama y Arakaki, entre otros. Todas familias que compartieron por décadas los domingos y fueron y son parte de las Asociación Japonesa.
El Japonés italiano y el Japón japonés
Tras leer el cartel de la tintorería de Balcarce y 9 de Julio, "El japonés", una no espera encontrarse con la segunda generación de familia de italianos, pero es así. Quien saluda es Luciano Planos, de 42 años y 22 de experiencia.
"Acá en los '80 trabajábamos los sábados hasta las 23. Pero la gente vestía distinto: usaba más traje, ahora se usa y se trae a la tintorería, pero en menor cantidad, imaginate que un traje sale 400 mil pesos y no lo podés meter en el lavarropas", ironizó.
Las cosas cambiaron para su negocio en cantidad, tecnología y cantidad.
De las 400 prendas por día -polleras, pantalones, sacos, tapados y prendas de lana fina- se pasó a solo algunas decenas. De la "platina" (máquina planchadora) pasó desde 2015 a otras modernas. Y dejó de usar el solvente hediondo para limpiar con uno inodoro. La percha de madera la cambió por la de plástico y el papel madera con el que envolvía la prenda pasó a ser un artículo de museo: ahora se retira todo en bolsa de nylon.
"Seguimos recibiendo prendas como plumones, vestidos de fiesta, pero el rubro se va achicando y el oficio se va perdiendo", señaló Planos.
Lo mismo piensan sobre la evanescencia de esta labor en Tintorería El Japón, de Crespo 491, un comercio de 70 años de antigüedad, abierto por el okinawense Cashin Arakaki, y que ahora trabajan a dúo su nuera, Norma Teruya, y su nieta, Claudia Arakaki, ambas nacidas en Argentina, primera y segunda generación en estas tierras. Ambas al frente de un negocio que al decir de los clientes "no hay mancha que resista su lavado a seco".
Norma escucha el comentario y se sonríe. Ella explica que las manchas más difíciles son las de tinta, que se producen por el olvido de lapiceras y biromes en los bolsillos, pero asegura que "salen" siempre que la tela lo permita.
La mujer cuenta que conoció a su marido, Osvaldo, ya fallecido, en la Asociación Japonesa cuando eran pequeños y que su suegro, suegra y seis hijos trabajaban "todos" en la tintorería: unos lavaban, otros desmanchaban, otros planchaban y otros retiraban y repartían las prendas a domicilio. Dice que hasta el 89 todo iba bien, pero allí, antesala de la crisis de 2001, muchos varones volvieron a Okinawa, incluso su marido, a trabajar en fábricas porque "las cosas acá andaban mal".
En la época de esplendor la obsesión de la tintorería era dejar los cuellos de las camisas "bien almidonados y las rayas de los pantalones bien planchadas". Pero luego las modas más relajadas y el uso del jean obligaron a algunos cambios.
"De todos modos seguimos trabajando y mucho porque la buena ropa sigue yendo a la tintorería y trabajamos con las máquinas viejísimas de siempre, pero sin los viejos solventes muy hediondos, pero tampoco con el percloro (percloroetileno) de la máquinas francesas que es muy tóxico y encima inflamable", aseguró la mujer quien aclaró que sigue trabajando con trajes, pulóveres de lana fina, sacos y vestidos de fiesta, mientras la ropa más transpirada por el deporte o más engrasada por el trabajo y de telas con nylon van al lavarropas.
Madre e hija acuerdan con que el oficio, sobre todo de planchador que en este comercio realiza Francisco González, se va perdiendo, pero aseguran que el trabajo si bien amainó mucho con respecto a otras décadas, sigue en pie.
Una tintorera en un "museo"
A contrapelo con el fenómeno en baja, la tintorera de origen vasco Gisela Zuzunaga, de 38 años, mantiene la sede central de "Alvear" (San Juan 2345) y abrió tres negocios más, pero de lavandería (uno en zona sur, otro en Bella Vista y uno más en General Lago).
"Todo el servicio de lavado a seco y planchado se sigue haciendo acá", dice la mujer que le compró el local a Héctor Barriera, un ex prócer en el rubro que sostuvo más de 60 años.
El local se llama Alvear, si bien está en calle San Juan, porque en la calle que lleva el apellido de don Marcelo Torcuato estuvieron los orígenes. Esta segunda casa y sus máquinas son un verdadero museo, de hecho el edificio es Patrimonio Urbano de la ciudad. Las paredes son de salitre; los techos, abovedados y los pisos mantienen las baldosas de granito inicial.
Como en toda tintorería que se precie de tal, esta cuenta con el "palote" con gancho, adminículo con el que se cuelgan y descuelgan las prendas en altura; el hombredero (un objeto de madera y metal que se coloca en las mangas de los sacos para que queden redondeadas) y además, carteles de chapa de los '60 y máquinas alemanas Hoffman: para planchar, con seis pedales, "más que un auto", se ríe Zuzunaga, además de la caldera y la centrifugadora, de la misma marca.
"El proceso sigue siendo el mismo y dura tres días: se lava a seco, se hace evaporar el solvente que ahora no tiene olor fuerte y se plancha de manera especial, nada que ver con el planchado doméstico, se requiere de técnica y oficio que acá lo encara Alcídes Sánchez, especialista en una tarea que se va perdiendo".
La mujer muestra cada objeto con orgullo mientras cuenta que una vez encontró "diez mil dólares en el saco de un cliente". Reconoce que aprendió el oficio en otra tintorería y supo hacer todo cuando compró este local. "Desde lavar en el lavarropas y a vapor, hasta planchar, atender y hacer el delivery". Servicio completo.
Claro que también en su local cambiaron varias cosas. "Solíamos lavar a seco unas 70 prendas por día, ahora el fuerte son los vestidos de fiesta de graduaciones y cumpleaños de 15".
Una historia con 18.901 kilómetros de distancia entre Okinawa a Rosario, que por ahora, continúa.