Reconstrucción del crimen. Abel estudiante universitario e hijo de una familia aristocrática de Buenos Aires.
El cuerpo de Abel Ayerza apareció el 22 de febrero de 1933 cerca de Corral de Bustos, a 200 kilómetros de Rosario. El joven porteño había sido secuestrado cuatro meses antes y sus padres, confiados de que la mafia rosarina cumplía su palabra, habían pagado el rescate. La aparición del cadáver despertó la indignación y el hartazgo de la opinión pública y fue el principio del fin de aquel crimen organizado en la ciudad.
Abel fue secuestrado el 23 de octubre de 1932 cerca de la estancia que su familia tenía en Marcos Juárez. Pocos días después, los padres viajaron a Rosario y dejaron el dinero que se les pedía por el rescate. Quien recibió el bolso con los billetes les aseguró que el joven iba a volver a su hogar pocos días después. Pero eso nunca pasó y los meses comenzaron a sucederse uno tras otro sin novedades. Hasta el 22 de febrero.
“Son ya varios los secuestros de personas realizados con fines de lucro, tendiendo tal delito a generalizarse”, escribió La Capital en la nota que daba cuenta del hallazgo del cuerpo de Ayerza. Es que secuestrar, extorsionar y cobrar un buen rescate era una manera de operar por parte de la mafia que ya no sorprendía. Incluso, pocos días antes de que fueran encontrados los restos del joven porteño, en Rosario era un secreto a gritos que el hijo de Julio Martin, empresario yerbatero y uno de los personajes más influyentes de la ciudad, había sido secuestrado por la mafia y devuelto con vida tras el pago del rescate.
Abel era porteño, estudiante universitario e hijo de una familia aristocrática de Buenos Aires. En octubre de 1932 decidió viajar con dos amigos a la estancia que tenía su familia cerca de la localidad cordobesa de Marcos Juárez.
A las 21 del 23 de octubre de 1932 el joven fue secuestrado. Volvía, junto a sus amigos y el mayordomo de la estancia, de la ciudad tras haber ido al cine. Los cuatro iban en una voiturette cuando se encontraron con un hombre parado en la mitad del camino junto a un auto azul. Frenaron para saber si necesitaba algo y el extraño les contestó con voz de “italiano acriollado”, al menos así lo describió este diario en su edición del 24 de octubre. Sin mucho más preambulo, de entre los trigales salieron cuatro forajidos armados con winchesters y escopetas.
Ayerza fue secuestrado junto a Santiago Hueyo, hijo del ministro de Hacienda del gobierno de facto de Agustín P. Justo. Al mayordomo Juan Bonetto y al segundo amigo de Abel, Alberto Malaver, los maniataron, les vendaron los ojos y los dejaron tirados con la orden de no moverse en las siguientes dos horas. Fueron ellos quienes alertaron de lo sucedido.
Al día siguiente, a Hueyo lo dejaron en libertad. Lo abandonaron cerca de Rosario, en lo que sería la prolongación de avenida Ovidio Lagos, sobre la ruta. El joven se trasladó a la estación Rosario Norte en un camión y por el traslado pagó diez litros de nafta. De allí se subió al tren con destino a Buenos Aires y fue directo a la casa de los Ayerza, con una carta escrita por el propio Abel, donde pedía 120 mil pesos de recompensa para su liberación.
La familia pagó y siguió las instrucciones al pie de la letra. El 30 de octubre viajó a Rosario y se dirigió a San Martín y Ayolas. Allí un hombre se les acercó y les preguntó si tenían algo para entregar. Ese era el santo y seña. Los fasmiliares entregaron un bolso con el dinero y, mientras los secuestradores se alejaban, les aseguraron que no debían preocuparse: Abel volvería en los próximos días.
“Desde entonces hemos esperado su regreso sin resultado alguno y, lo que es más triste todavía, sin tener noticias de ninguna especie sobre su estado de salud y sobre los propósitos de los secuestradores. Habíamos creído en la leyenda de que la mafia, a pesar de ser una organización delictuosa, cumplía siempre su palabra y observado esta tradición como una especie de culto. Pero ustedes podrían destacar las enseñanzas que deja entre nosotros este caso afligente”, escribió la familia en un comunicado publicado en el diario La Capital el 2 de febrero de 1933.
Mientras tanto, otro secuestro
La familia Ayerza se animó a publicar aquel comunicado porque hacía pocos días había sido secuestrado otro joven adinerado. Sin embargo, esa historia terminó bien y en poco tiempo el muchacho volvió con su familia.
Se trataba de Marcelo Martin, hijo de Julio Martin, el primer empresario yerbatero del país y expresidente de la Bolsa de Comercio de Rosario. El joven había sido secuestrado el 29 de enero de 1933, después de haber guardado su auto en la cochera ubicada en Tucumán al 1800, y mientras caminaba hacia su casa en Urquiza al 1400.
Al día siguiente, la familia recibió una carta confirmando su secuestro y pidiendo 150 mil pesos por la devolución con vida del joven. La entrega del dinero se hizo en el Cruce Alberdi y, horas después, Marcelo se reencontró con su familia.
Los Martin no confirmaron jamás lo sucedido, pero era un secreto a voces. Para calmar los rumores, el recién liberado Marcelo Martin se paseó por distintos lugares de la ciudad, particularmente los más concurridos, para dejarse ver. “Marcelo Martin fue visto ayer en varios lugares. Anduvo por el parque Independencia y calle Córdoba”, tituló el diario.
asesinato nota diario LC
La investigación judicial logró dar con los responsables. Entre ellos, fue detenido Francisco Gallo, un hombre de oficio lechero que en su declaración terminó por implicar a Juan Galiffi, apodado Chicho Grande, como cerebro del secuestro.
“El rapto y secuestro de Martin dio lugar a que la familia de Ayerza hiciera público el pago del rescate de Abel y su ausencia. La desaparición del joven estaba olvidándose ya y mucha gente de fondo moral perverso se dedicaba entonces a hacer conjeturas censurables. Llegaron algunos diarios hacerse eco de tales chismes no faltando quien aseguraba que el joven Abel se hallaba en París divirtiéndose”, escribió La Capital.
Pero Abel no estaba en Francia, ni se divertía, ni respiraba. Después de que su familia pagó el rescate, esa misma noche a fines de octubre, el joven fue obligado a caminar varios metros entre los trigales y fue asesinado de un disparo por la espalda.
Sobre lo que sucedió se especuló mucho. El relato que trascendió y se repite hasta hoy es que quienes recibieron el dinero en Rosario enviaron un telegrama que decía: “Mándeme al chancho”, pero los captores que leyeron el mensaje entendieron “Maten al chancho”.
Si bien hay similitudes, en la edición del diario La Capital del 25 de febrero se relató otra cosa. Según el cronista, a los captores les llegó un telegrama que no comprendieron, cuyo mensaje les resultó lo suficientemente ambiguo para que uno de ellos viajara hasta Rosario para preguntar qué habían querido decir. En la ciudad, uno de los tantos implicados aseguró que la familia Ayerza no había pagado y no estaba dispuesta a pagar. El captor volvió al campo donde se encontraba Abel y comunicó a los demás la noticia. Esa noche, un joven llamado Juan Vinti, que había estado a cargo de cuidar al secuestrado, lo asesinó y viajó a Rosario al día siguiente a cobrar su parte.
El final
La aparición del cuerpo de Abel el 23 de febrero de 1933 conmocionó al país. Después de meses de búsqueda y de una coordinación entre la policía de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, lograron encontrar los restos del joven porteño.
Los responsables del secuestro fueron apresados rápidamente. Excepto por uno. Juan Vinti, quien había apretado el gatillo, huyó después de cobrar el dinero. Sin embargo, la policía no descartó que hubiera sido asesinado por sus propios compañeros por matar a Ayerza por error.
Lo cierto es que el episodio fue como un torbellino que lo desestabilizó todo. Al parecer, Juan Galiffi no tuvo nada que ver con lo sucedido: se encontraba en Montevideo, según se dijo, ajeno a los acontecimientos. Sin embargo, la opinión pública comenzó a demandar, cada vez con más fuerza, que se pusiera punto final al accionar de la mafia. Allí empezó la lenta desaparición del crimen organizado italo-argentino y, dos años después, Galiffi fue deportado, cerrando un capítulo que había comenzado décadas atrás.
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