Pichincha es el polo gastronómico y nocturno de Rosario. En 70 manzanas, hay 134 locales de restaurantes, bares y salones con licencia de difusión musical, y sobre todo, un cuidado especial en dejar traslucir rastros del pasado en fachadas, ornamentación y carteles que evocan la gastronomía de bodegones de años hicieron historia. Los fines de semana las ferias retro, de artesanías o indumetaria, transforman uno de sus bordes en un paseo de color, creatividad y movimiento. Desde su estatua en Pueyrredón y Rivadavia, el actor rosarino Alberto Olmedo funge de vigía de un legado que el barrio plasmó en su nombre oficial.
Más allá del catastro, la palabra es y será Pichincha, para designar una zona dinámica y de fuerte identidad, entre las calles Tucumán, bulevar Oroño, Francia y el río Paraná. Un barrio de culto, emblemático, conocido en todo el país y en el exterior, por un ayer non sancto de rufianes y burdeles, real o leyenda urbana, ya casi no importa, porque todo ese pasado parece sobrevolar como un intangible en el presente, lo vuelve atractivo, lo inviste de sensaciones, y aunque este reversionado, lo habita.
Potencial
Según confirmó la directora de Habilitaciones de la Municipalidad de Rosario, Marianela Mosconi, Pichincha tiene 110 bares-restaurantes y 24 establecimientos del rubro nocturnidad con licencias de difusión musical vigentes. Pero además, y para ambas categorías, hay 28 y 16 pedidos de habilitación en curso, que incluyen trámites de apertura, renovación, transferencia y modificación de establecimientos. Los datos colocan a Pichincha por encima de otros sectores de la ciudad que también trabajan esparcimiento.
“El barrio sigue siendo un atractivo para crecer en lo gastronómico y tiene un potencial increíble”, enfatiza con años en el rubro e integrante de la Asociación Civil Mercado Pichincha, Martín Miglietta, en la esquina de Suipacha y Brown, frente a lo que a fines de marzo será La Cuchara Colorada, tercer emprendimiento que suma al comedor Chamuyo y el clásico restobar Jimmy. “Con mi socio seguimos apostando acá en el barrio, donde vivimos, nos encanta y tratamos de hacer todo lo posible para que crezca”, dice y contextualiza las razones de la apuestas a nuevos proyectos.
Considera que la piedra de toque para la reconfiguración del lugar que pasó por épocas de crisis y viento a favor, fue la ordenanza N 8.125 (Plan Especial Barrio Pichincha), que limitó la altura de edificios en el centro del barrio, exceptuando la línea de la costa y calle Salta. A esta ventaja urbanística se suma que aún existen caserones centenarios, ideales para diseños aplicados a la gastronomía y que en Pichincha convergen vecinos del centro, Puerto Norte, Echersortu, Agote, sus barrios linderos, que “vienen acá para almorzar y cenar”, explica.
Según Miglietta, además de la mentada oferta cultural y gastronómica nocturna, Pichincha arranca con el día, cuando comienza el movimiento en los colegios, que los hay históricos en esa zona, y con viajantes, visitadores médicos y vendedores, que utilizan los negocios del barrio como base. “Hay movida todo el día y apostamos a que aumentará la cantidad de gente”, dice y agrega un dato fáctico: el avance de las construcciones de torres con más de 20 pisos, en la línea de costa y calle Rivadavia, “eso traerá mucha gente a vivir al barrio”.
De los comedores sencillos, con comida casera y porciones generosas, que por los precios accesibles frecuentaban en Rosario familias y trabajadores a principios del siglo XX, los bodegones, volvieron al frente, ampliando la oferta de los que habían resistido de pie. Pichincha es un reservorio en ese género. Claro que ya no sólo alcanza que la comida evoque a las abuelas, ahora lucen más estéticos, cuidados, con buen servicio, ambiente climatizado, música, y por supuesto, lo que conceptualmente los define: comida rica, con aire de viejas recetas, en platos abundantes y buen precio.
A través de distintas normativas, que buscaron resolver tensiones entre el descanso y el esparcimiento, Pichincha se fue perfilando como sede de la movida nocturna rosarina, gestando y superando etapas, “es un barrio que ser reversiona siempre dentro del esparcimiento”, dicen los vecinos. Y ubican una primera etapa en el 2000, cuando se trató de dinamizar la crisis que dejó el cierre del ferrocarril, con una especie de radicación promovida que permitía la llegada de boliches bailables, que declinaron hacia 2007. Le siguieron los bares con cervezas artesanales y desde 2015 a la actualidad, los bares de autor, y las salas de concierto, “cambiaron el perfil, ahora es más top”, explican. Y citan lugares de recitales como La Sala de las Artes y el Centro Cultural Guemes, “un día hay cumbia, otro rock pesado, folklore, o una obra de teatro alternativa, otro día folklore, es otra cosa”.
Pichincha está en la agenda de los turistas, en el almuerzo de las familias de los domingos, en las juntadas del atardecer y como opción en la noche de los sábados.