Al menos 17 jóvenes fueron asesinados en un centro de rehabilitación para adictos a las drogas
en Ciudad Juárez, en la frontera con Estados Unidos, considerada la urbe más violenta y peligrosa
de México.
“Varios desconocidos irrumpieron anteanoche en la institución
denominada El Aliviane, en el barrio Bellavista, atendida por religiosos cristianos, y dispararon
contra los jóvenes que oraban en la sala principal”, informó el secretario de Seguridad
Pública del estado de Chihuahua, Víctor Valencia.
A causa del ataque, perpetrado con poderosos fusiles automáticos AK-47,
empleados usualmente por el crimen organizado, otras seis personas resultaron heridas. La masacre
se sumó a otros 23 asesinatos ocurridos anteayer en Chihuahua, la cifra más alta en la historia de
ese estado mexicano en una sola jornada.
Triste herencia. Los vecinos limpiaban la sangre ayer en la entrada del centro para drogadictos
mientras que madres y esposas de las víctimas se congregaban frente a la Procuraduría para exigir
respuestas.
Fue el tercer ataque en tres meses contra centros para drogadictos en
esta ciudad, lo que genera interrogantes sobre si los carteles de la droga intentan evitar que sus
miembros se rehabiliten, o simplemente buscan un sitio para matar fácilmente a sus rivales.
Hasta ahora, las autoridades no han practicado arrestos ni mencionado
hipótesis.
“No nos dicen nada”, lamentó Elisabeth Quintero, de 32 años.
“Sólo que alguien los mató”.
Quintero, tratando de contener las lágrimas, dijo que perdió a su hijo
de 16 años, a su hermano menor, de 28, y a su primo, de 21. Otra mujer le acariciaba el cabello,
tratando de consolarla, frente a las instalaciones de la procuraduría general de justicia del
estado de Chihuahua. La creciente actividad de los narcotraficantes en México ha derivado en un
aumento en el consumo interno de estupefacientes, particularmente en las ciudades fronterizas,
donde hay una gran presencia de las bandas criminales. Numerosos centros de rehabilitación han
abierto sus puertas en los años recientes, algunos en las propias casas de drogadictos que se han
recuperado y que tienen un pasado oscuro.
Las huellas de sangre marcaban ayer un rastro siniestro desde la puerta
del centro Aliviane, hecho con ladrillos de cemento, mientras policías y soldados montaban guardia.
En la esquina más cercana, un habitante limpiaba un charco de sangre con un trapo de piso. Había
poca información ayer sobre las víctimas, mientras muchos familiares se reunían en la oficina del
procurador para averiguar si sus seres queridos estaban entre los muertos. Quintero se negó a dar
detalles sobre los problemas de adicción de sus parientes, al señalar sólo que se inscribieron en
el centro para enderezar su vida. Dijo que su joven hijo había sido un “delincuente”.
Jaime Valle trataba de entender por qué su hijo de 17 años, Jaime Saúl
Pérez, fue abatido a tiros justo cuando trataba de corregir los errores en su vida al buscar ayuda
para su adicción a la marihuana. Mientras sollozaba inconsolable, Valle requirió la ayuda de
familiares para salir caminando de la procuraduría. Dijo que su hijo nunca se metió en problemas,
salvo por fumar marihuana. Se esperaba que concluyera su tratamiento y volviera a casa este fin de
semana. “¡Exijo justicia!”, gritó Valle. “Maten a esos perros malagradecidos que
andan asesinando gente inocente. ¡Justicia, quiero justicia!”
Ciudad Juárez, la urbe más violenta y mortífera de México, ha sido el
foco principal de la guerra que se libra en la nación contra el narcotráfico, y ha registrado más
de 1.300 muertes este año. El derramamiento de sangre ha continuado pese al emplazamiento de más
fuerzas federales en la ciudad desde marzo.
Fronteriza con El Paso, Texas, la urbe es el lugar de origen del cártel
de Juárez, que ha luchado con otras bandas por el control de las lucrativas rutas de tráfico de
estupefacientes a Estados Unidos. l (AP)