Latinoamérica fue un inmenso laboratorio para algunos movimientos utópicos que florecieron a principios durante los siglos XIX y XX, y el libro “El Hilo Rojo. Palabras y prácticas de la utopía en América Latina”, presenta un mapa de esos experimentos comunitarios, impulsados por distintos idearios políticos y religiosos.
La mirada sobre estas colonias utópicas, galeses en la Patagonia, anarquistas en Ingeniero White (Bahía Blanca) y las afincadas en Paraguay, Guillermo Tell, Nueva Australia y la Sociedad de Hermanos, entre otras analizadas en el libro editado por Paidos, da paso a una reflexión sobre la sociabilidad.
Marisa González de Oleaga, compiladora del libro junto a Ernesto Bohoslavsky, asegura que la importancia de estas comunidades radica, más que por lo que han sido, en el desafío de su propia existencia y por la diferencia que inscribieron y marcan en la continuidad histórica.
Para la investigadora argentina radicada en España y profesora de la Facultad de Ciencias Políticas de la Uned, la escasa atención hacia estas experiencias se debe a “la mala prensa”.
“Por un lado las críticas de Marx y del «socialismo científico» al socialismo utópico; por otro, la convicción colectiva de que las experiencias que no se mantienen en el tiempo son inútiles, confundiendo discontinuidad con fracaso”, especifica.
Según la compiladora, les cabe una cuota de responsabilidad en la falta de apropiación de la experiencia utópica a aquellos que han estructurado el relato desde una perspectiva heroica, convirtiéndolas en experiencias estériles.
“Si uno revisa los relatos de esas experiencias parecen tratarse de fábulas o cuentos infantiles, como si la propia narración estableciera diques de contención para que nada de ellas pudiera ser incorporado en el presente”.
El que estos emprendimientos hayan sido vistos más como fracasos que como desafíos cumplidos tiene que ver, según González de Oleada, con “una idea muy arraigada en todos nosotros, al menos en todos los que pertenecemos a la cultura occidental, que es una idea muy religiosa: la idea de continuidad y permanencia”.
“Cuando se piensa en comunidades se tiende a pensar en agrupaciones estables en el tiempo; se habla de Estado o Nación como si hubieran estado ahí en una suerte de presentismo infinito”.
“En este sentido, las experiencias utópicas, muchas de las cuales tuvieron larga vida pero acabaron transformándose en otra cosa, no proporcionan esa seguridad que parecemos buscar. Son finitas, imperfectas y están sometidas, como casi todo, al cambio”.
La investigadora explica que la suma de esas experiencias comunitarias configuran una herencia y pueden ser tejidas como tradiciones. “Juntando sus hilos podemos tramar historias que nos sean útiles; primero para sacar al concepto de utopía del limbo en el que se encuentra, después para ampliar nuestro imaginario”, indicó.
Lejos de una idea de experimentos sectarios y peligrosos donde los individuos son controlados por la comunidad, la utopía “se acerca a la esperanza en mundos mejores y más humanos”.
“Por ello, ampliar el concepto de utopía con imágenes de otros mundos posibles es una manera de ensanchar nuestro imaginario. La utopía es un exceso de la historia, es algo que no está previsto y rebasa lo esperado”.
Esas experiencias, sostiene, no pueden ser copiadas, pero con ese cúmulo de experimentos aparece la idea de posibilidad. “Otros mundos fueron posibles en el pasado y eso hace eco en el presente: otros mundos pueden ser posibles hoy”, explicó.
































