¿Qué docente no tuvo que intervenir alguna vez para frenar una gresca?, ¿A qué docente no le han dicho: “Él empezó primero”?, ¿Qué docente no ha escuchado como razón esgrimida para justificar las escupidas, piñas y patadas: “Me puteó a la madre”? ¿Le puteó a la madre? ¡Gravísimo! Esa sí que es una razón que “justifica” toda virulencia. Porque “la madre” es la base de la familia, y la familia la institución base de la sociedad.
Y aunque un adulto experto intuya que esa violencia remite también a otras cuestiones de las que difícilmente los implicados tengan consciencia, su labor será apaciguar, restituir la calma, amigar, sellar el pacto con un apretón de manos y encomendarse al santísimo (tampoco está de más) para que los hechos queden allí. Porque no, no es la manera y por supuesto que no podemos admitir que los pibes se traten de ese modo.
Un niñe, un joven, una madre, un padre, una abuela estalla ante la maestra, el profe, la directora, el vice. Tal vez ya venía enojado (¡pasan tantas cosas en las vidas de la gente!) y en la escuela grita, amenaza, denuncia, pega (esas cosas que suceden). Tal vez el conflicto se originó en algo que efectivamente sucedió en la escuela, tal vez no. Como sea, esto nos afecta a los docentes: ¿Nos está pasando a nosotres, a los que siempre estamos dispuestos a abrazar?, ¿Nos está pasando a nosotres, con nuestros bolsillos llenos de caramelos para dar?, ¿En serio a nosotres, que con tanto amor estamos preparando la fiestita del día del niñe? Estamos desconcertados. Algunes nos asustamos. Algunes nos enojamos. Hay docentes que entran en pánico, se enferman, no quieren volver nunca más a las escuelas, no quieren tratar nunca más con esa madre o ese padre, no quieren volver a ver a ese chique. Sea que el conflicto se haya originado en la escuela (una palabra fuera de contexto, una palabra equivocada, una palabra mal interpretada, una palabra fuera de tono, un reto injusto) o nada de eso o algo de eso, más la carga que se trae de “afuera”, no es la manera y no lo podemos dejar pasar.
Muchos docentes sabemos que no todas las agresiones que recibimos eran para nosotros. Pero aun comprendiéndolo, las escuelas son instituciones, y las instituciones tienen reglas, normas de convivencia. Hay jerarquías, hay órdenes, hay formas. Las escuelas reproducen y proyectan un ideal civilizatorio. En todas las instituciones hay normas. Todes a lo largo de toda nuestra vida tendremos que atenernos a ellas. El que no puede hacerlo es “anormal”, loco, idiota (idiota, etimológicamente quiere decir “falto de ciudadanía”).
El diálogo necesario
Aunque intervenir y enfrentar la situación tampoco es fácil, lo hacemos. Porque si naturalizamos estas maneras de zanjar diferencias la escuela no estaría cumpliendo su función. Estaría obturando las posibilidades de dialogar (la educación es dialógica) de aprender, de enseñar. Porque en la escuela se aprenden contenidos y se aprenden modos de relación social. Por eso la escuela es una de las instituciones de andamiaje del Estado.
Una sociedad sin instituciones, sin autoridades, sin funcionarios es una entelequia. Hasta un club de bochas necesita un presidente y cierta especialidad de funciones. Hasta un campeonato amistoso de bolitas entre los vecinos supone normas. En las familias hay jerarquías, costumbres, normas que no se pueden trasgredir. La escuela tiene una dirección. En el aula, hay una jerarquía: no somos los “iguales”, los amigues de los pibes, somos los docentes.
El Estado argentino es una república democrática. Los ciudadanos elegimos las autoridades, el gobierno. Eso lo hacemos todes, aun los que sostienen que no les interesa la política porque ellos siempre tuvieron que trabajar. El Estado tiene leyes, y las leyes son “lo común”, lo que nos hace “comunidad”. No podemos hacer y decir cualquier cosa. Por ejemplo, no podemos apropiarnos de un hije ajeno y anotarlo como propio, no podemos usurpar la identidad de otra persona y vaciarle sus cuentas bancarias o quedarnos con sus propiedades, no podemos acosar, difamar, agredir sin consecuencias. No podemos hacer bromas con la desaparición de personas, o reproducir memes con Falcón verde y los personajes políticos que nos disgusten, porque eso es —puede legalmente ser planeado así— incitación a la violencia, y en tanto la ley ha tomado posición sobre el terrorismo de Estado, quien lo hace incurre en un delito. Por bromas como esta, ante lo que no se puede alegar ignorancia, hay algunos directivos, destituidos de sus cargos.
Quienes ocupan cargos de gobierno ganaron por el voto de la mayoría. Puede que nos parezcan incapaces (puede que lo sean), puede que hayamos votado a otros. Pero esas son las autoridades hasta que se elijan otras. La democracia habilita el disenso. La Constitución reconoce el derecho de peticionar ante las autoridades, y en la escuela los alumnes tienen derecho a recibir la mejor educación y aprender cuáles son sus derechos y sus obligaciones ciudadanas.
Las amenazas de muerte son siempre tenebrosas, y las muertes tristes. Pero un magnicidio (o intento de magnicidio) es una categoría que por definición conceptual (los docentes deberíamos de ser capaces todes de hacer tales distinciones) solo atañe a una persona con un cargo importante, generalmente político. Por lo tanto es particularmente grave en tanto no solo pone como blanco a una persona determinada, sino que significa una violación al orden social establecido y por lo tanto, nos involucra a todes. Si se legitima discursivamente un magnicidio, y si el discurso pasa al acto, se instala una lógica de barbarie donde todo vale.
Por lo mismo, opino que al margen de nuestras simpatías políticas, un hecho de gravedad institucional como el sucedido hace unos días, con el intento de magnicidio a la actual vicepresidenta de la Nación, debe ocupar un lugar en la reflexión de la violencia y las aulas.
¿O es que los docentes hemos perdido la razón, la ética, la moral y el hecho no nos parece grave porque milagrosamente la bala no salió? ¿O no somos los docentes los que nos sorprendemos, nos entristecemos, nos indignamos, pero nunca dejamos de intervenir cuando ese orden de tolerancia se rompe entre los niñes, o entre los adultos en la institución escuela?, ¿O no es la escuela una institución del Estado? Si los docentes somos los que enseñamos, “damos señas”, ¿no debiéramos de ser ejemplo de objetividad, comprensión, compromiso con la civilización? Civilización, viene de civis, ciudad; de la polis, la comunidad política, porque sí, a todas vistas la educación es un acto político.
(*) Profesora para la enseñanza primaria y licenciada en filosofía. Fue directora de escuela y secretaria de nivel primario de Amsafé Rosario.