La charla fue de noche, al pie de la cama. Alejandro y Rafi. Diálogo entre padre e hijo.

Por Matías Loja
Padre e hijo son los artífices de un libro con historias y aventuras de reyes, caballeros, brujos y piratas.
La charla fue de noche, al pie de la cama. Alejandro y Rafi. Diálogo entre padre e hijo.
—Pa, ¿me contás un cuentito?
—Dale, sí, pero decime cuatro o cinco palabras para que lo imaginemos.
—Mmmm, a ver a ver... ¡Ya sé! ¡Ahí va la primera!
Así nacieron los cinco relatos que integran Cuentos ImaginaDos, de Alejandro Spiegel e ilustraciones de Rafi Spiegel. Sí, porque cada texto está acompañado por los dibujos del nene, algo que el autor define como claves para completar la obra. En la contratapa dice: “Un libro con buenas historias para leer y contar, protagonizadas por niños, reyes, caballeros honorables, piratas —de los buenos y de los otros—, y por juguetes. Sí, en algunas de estas aventuras también ellos tienen un lugar relevante. Igual que los sueños, la imaginación, la ilusión, la alegría, la fantasía y la magia”. Cuentos ImaginaDos se presentará el próximo jueves 26 de octubre a las 18 en la Librería Homo Sapiens (Sarmiento 829). Acompañarán al autor Liliana Sanjurjo (autora del libro Los quesos agujereados) y Mara Digiovana (autora de El día que el río se quedó sin agua), quienes dialogarán sobre el valor de la imaginación y la narrativa en el ámbito familiar y educativo.
Ese juego cómplice de invención, escritura y dibujo entre padre e hijo comenzó en 2020, cuando Rafi tenía unos 7 años. Así aparecieron las historias de reyes justos, brujos y flores mágicas que ante la amenaza lanzan “un olor fuertísimo a patas transpiradas”. O la de un caballero que junto a su caballo Pieligero cabalgaba en busca de aventuras. O la del nene que quería vender sus juguetes para ir al teatro con su papá. “Los cuentos son de siempre, pero hace tres años surgió la idea de hacer un libro con esos cuentos que los repetíamos y nos divertían”, cuenta Alejandro Spiegel, docente, investigador, doctor en ciencias de la educación (UBA) y autor, entre otros, de Palabras de maestro y Decidir frente a las pantallas, además de libros pensados para el público infantil como Los chicos y el Quijote y Los chicos y el Martín Fierro, ambos en coautoría con Sergio Saposnic.
—¿Te acordás de alguna de esas palabras que tu hijo mencionó para empezar a armar los cuentos?
—Sí, claro. Él miraba dibujitos y le encantaban las historias donde había brujos. De ahí surgieron los personajes de brujos o un rey. También mirábamos películas como la saga de Piratas del Caribe, por eso en una de las historias aparece uno (en “La aventura pirata de Emilio”). Y después hay un cuento que me gusta mucho que es el de “Los juguetes de Leandro”, porque en este país donde siempre vemos gente en la calle y nos preguntamos qué podemos hacer, inventamos una historia donde un chico podía hacer algo para ayudar a alguien que no tenía dinero. Por eso digo que fueron como palabras que salían de las ficciones que mirábamos o de lo que hablábamos. Y sobre eso construíamos las historias.
—¿Pensaste el libro con un público en la cabeza, era más un regalo para tu hijo o ambas cosas a la vez?
—Yo no puedo escribir si no pienso que alguien está disfrutando del texto. Tanto en los libros para maestros y profesores como en este caso. Pero cuando lo fui escribiendo me di cuenta que no era para un chico de 6 o 7, sino que era para lectores de 9 o 10, como tiene ahora Rafi. Fui acomodándome más o menos a la edad de Rafi. Estaba imaginando eso y también que un chico puede leerlo solo o en familia antes de dormir. Esa es la escena que más o menos me imaginaba. Con respecto a los dibujos, para mí era clave que sean de él, que tengan los dibujos de un niño. Me parece que eso habla bien del contexto y de dónde sale. Y hay otra idea que teníamos con Rafi y es que el libro llegue a chicos que no pueden comprar un libro. Por eso si bien decidimos hacer esta publicación a color, la idea es hacer otra edición en blanco y negro, más económica, para donar a las escuelas y que el sueño sea completo.
—En esa idea inicial de “papá, contame un cuento” hay una referencia al cuento de las buenas noches, que los mediadores de lectura siempre invitan a recuperar.
—En la presentación vamos a hablar con dos autoras que tienen esa misma idea. Pero en principio puedo decir que yo creo en la imaginación, en la narración y en los tiempos que uno se da para hacerlo. Uno puede imaginar con una pantalla, por supuesto. Pero la verdad que cuando uno tiene el tiempo ese de la pausa, para imaginar mirando el techo o agarrando una media y jugar, se recupera una idea de narración que es muy importante para pensar. Uno piensa a través de palabras, y esta cosa de depositar la palabra en la tele o las pantallas, que son parte de nuestra época, creo que tiene que estar acompañada también por momentos de diversión desde la narración. Y ahí habrá gente a la que le dé ganas de inventar una historia y otra con ganas de leer, pero siempre con esta idea de contar. Hay un cuento que me divierte mucho que es el de Thiago (“La aventura del castillo mágico”), donde dialoga con el papá sobre un regalo. Bueno, eso también surgió a partir de una narración. Si uno no imagina no hay horizonte. Uno es las calles que transita, la realidad más o menos dura que uno tenga y la imaginación. Pero creo que la imaginación que se construye en la confianza y en el amor siembra horizontes. Estoy convencido de eso.
—Y sobre todo incentivar la imaginación y la creatividad de los pibes.
—Sí, es la imaginación pero además es darles la palabra. Hay algo del juego donde el pibe tiene la palabra, o en este caso también el lápiz para dibujar y anclar lo que se va imaginando. En un momento le dije a Rafi que los chicos que lean los cuentos también van a ver sus dibujos y van a imaginar lo que él imaginó. La Ilustración, que a veces es un adorno, en este caso es parte clave del relato.


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