Educación

"La pandemia permite reconocer que la educación ambiental es necesaria"

Claudia Costinovsky, del Taller Ecologista, propone que las escuelas sean protagonistas en la revisión del vínculo con la naturaleza.

Sábado 16 de Mayo de 2020

La pandemia se coló en cada ámbito de la vida de las personas y obligó a parar el mundo bajo el concepto de cuarentena. Un parate que a los ojos de los expertos ofrece una oportunidad única e inigualable para reflexionar sobre el momento presente e interrogarse sobre las causas y responsabilidades que generaron el actual estado de crisis sanitaria global. La cuarentena se presenta ante el mundo como un momento bisagra, como un tiempo en el que los seres humanos deben replantearse la relación que por siglos han entablado con la naturaleza y el vínculo que han establecido con los ecosistemas que los acogen. Pero, ¿cuál es el ámbito donde repensar e interpelarse? ¿Cuál es el mejor lugar para reflexionar colectivamente? Sin lugar a dudas la escuela puede ser uno de ellos.

“Que nuestras escuelas se aventuren a ser protagonistas de la revisión profunda del presente y de la esperanzada construcción del porvenir”, es la expresión de deseo de Claudia Costinovsky, coordinadora del área de educación socioambiental del Taller Ecologista de Rosario, quien plantea la necesidad de una educación ambiental como clave para la refundación de un nuevo vínculo con el ecosistema, tan necesario para la preservación de los medios de vida como para la salud de las personas.

En diálogo con La Capital, Costinovsky se anima a los interrogantes, explica las causales de la pandemia y analiza la situación actual de los ecosistemas locales y el comportamiento de los ciudadanos sobre ellos. Pone el foco en la necesidad de una educación ambiental, a la que define como materia pendiente del sistema educativo argentino, e invita a diseñar una escuela con anclaje territorial y ocupada del cuidado del espacio común.

—¿Cuál es la relación entre la interacción del hombre con la naturaleza y la irrupción de nuevas enfermedades como el coronavirus?

—La expansión epidémica de enfermedades emergentes es antropogénica. Es decir, producto de la actividad humana. El factor determinante es la intervención avasallante de los seres humanos sobre los ecosistemas naturales con un objetivo de rédito económico. Esta lógica expansionista desplaza toda otra racionalidad y desaloja de su espacio vital no sólo a los animales silvestres sino también a las comunidades humanas. El extractivismo, entendido como una práctica desmesurada de explotación de los bienes comunes, se expresa en un modelo agroindustrial altamente dependiente de herbicidas e insecticidas que contaminan el suelo, el agua y el aire, y atentan contra la reproducción biológica. Al mismo tiempo, la globalización de los sistemas alimentarios aumenta en la misma medida que la depresión de nuestros sistemas inmunológicos, para cuya preservación es imprescindible el consumo de alimentos sanos. La devastación de la trama ecosistémica nos torna cada vez más indefensos. El pasado 22 de abril en ocasión del Día de la Tierra, organizaciones de cuarenta países presentaron un documento crítico de la matriz hegemónica del “maldesarrollo” que actualmente se impone sobre los territorios. En ese documento se identificó a esa matriz de “maldesarrollo” como la responsable de la actual pandemia, y se presentó una proclama bajo el lema “Un planeta, una salud. Haciendo la paz con la Tierra” que convocó a todas las personas a una ética del cuidado y llamó a revalorizar los saberes ancestrales y a recuperar las prácticas respetuosas de los ciclos de la naturaleza.

Que las escuelas se aventuren a ser protagonistas de la revisión del presente y de la construcción del porvenir

—¿Qué son las enfermedades zoonóticas y cómo se propagan?

—Las zoonosis son enfermedades infecciosas ocasionadas por agentes patógenos (virus, bacterias, hongos, parásitos) que han “saltado” de animales a humanos, y hay que decir que están lejos de ser un fenómeno nuevo. Los virus, que son parte de la biodiversidad, requieren para reproducirse infectar una célula viva. Esto generalmente no enferma al animal que lo hospeda cuando la especie ha evolucionado con ese animal a través del tiempo. De este modo, hay virus que son nuevos para los seres humanos pero no son nuevos para la naturaleza. El problema es que la presión y la fragmentación a la que están sometidos los ecosistemas hace que confluyan especies que nunca habían interactuado antes. La circulación habitual de los virus se altera sustancialmente ante la reducción o pérdida del hábitat, así como también por el tráfico de fauna silvestre. A la vez, el cambio climático contribuye a la transmisión de virus entre diferentes especies, sobre todo en mamíferos. Otro factor de riesgo muy importante está dado por las condiciones en las que se realiza la cría de animales de granja, hacinados y estresados. Resulta muy factible que la carga viral se dispare, lo que se intenta evitar medicando a los animales con regularidad. Sin embargo ya hemos escuchado hablar de la gripe aviar. Y como hemos visto recientemente, una vez producido el evento zoonótico, un virus puede extenderse a otros continentes, volando en primera clase como estamos experimentando en la actualidad. Que el coronavirus haya emergido a miles de kilómetros de nuestra región y, presumiblemente, en un mercado al aire libre que comercializa animales silvestres, no debe impedirnos advertir que algo similar podría haber ocurrido cerca de casa, así como hoy prolifera en nuestra región el dengue, que hasta hace algún tiempo sólo se registraba en regiones tropicales.

—Los ecosistemas argentinos se han fragmentado y ya no cuentan con las riquezas en especies que tenían originalmente ¿Cuál es la situación actual de los humedales?

—En la actualidad los humedales del delta están sometidos a la presión de distintas actividades que son una amenazas para su integridad y que afectan las funciones propias de este ecosistema que es insustituible. La pesca y la ganadería a gran escala, el incremento sostenido del transporte fluvial comercial y recreativo, las construcciones edilicias no compatibles con el entorno, la conexión vial Rosario-Victoria, son algunos de los factores que desde hace años generan impactos en los ambientes isleños. Los más recientes son el traslado en aumento de modos de recreación urbana en las islas y la extracción de arenas silíceas para fracking. Desde el año pasado el Paraná muestra un bajo nivel de aguas, y en estos días se registra una bajante extraordinaria. Si bien los períodos de sequía son parte de la dinámica del sistema fluvial, la situación actual se considera extrema porque la altura del río llegó a mínimos históricos y por su prolongación en el tiempo. Además, en este escenario hemos visto que se producen intervenciones que afectan aún más a los ambientes isleños y a su biodiversidad: la quema de pastizales con la consecuente generación de incendios, la caza furtiva de fauna silvestre, la consolidación y extensión de terraplenes para evitar el ingreso de aguas en los períodos de creciente, el sobredragado del cauce del río para profundizar su calado en beneficio del transporte comercial y la continuidad de la actividad pesquera frigorífica destinada a la exportación, hecho que podría incidir reduciendo las poblaciones depeces, cuya reproducción ya está comprometida por el bajo caudal ribereño.

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"Desde el año pasado el río muestra un bajo nivel de aguas y en estos días se registra una bajante extraordinaria", advierte la referente del Taller Ecologista

   —¿Cuáles son las actividades humanas más destructivas y amenazantes para la biodiversidad local?.

   —Los grandes terraplenes que obstruyen el flujo regular de las aguas, y en general, todas aquellas obras de infraestructura que afectan la integridad del humedal, es decir sus dinámicas naturales en perjuicio de su valor ecológico, paisajístico y cultural. En función de ello, desde varias organizaciones se reclama el ordenamiento ambiental de la región del delta e islas del Paraná a través de la implementación de una normativa que asegure la conservación del mismo con una mirada a largo plazo, así como también la sanción de una ley de presupuestos mínimos para la protección de los humedales.

   —Si la pandemia es una bisagra para repensar la relación con la naturaleza, ¿la educación ambiental es una materia pendiente del sistema educativo?

   —Sin duda, en principio por la magnitud de lo que está en juego, que es el sostenimiento de las múltiples manifestaciones de la vida, incluida la de nuestra especie. Además, poniendo el foco sobre cuestiones curriculares, creo que ya no son admisibles abordajes que omitan la complejidad de lo real. Somos interdependientes, somos ecodependientes. Pensemos en la pandemia de coronavirus también como la oportunidad de un punto de inflexión hacia el reconocimiento de que la educación en ambiente es necesaria y, por ello, debemos hacerla posible.

Hay que pensar a la pandemia como un punto de inflexión hacia el reconocimiento de que la educación ambiental es necesaria

   —Claudio Bertonatti, naturalista e investigador, advirtió que no estamos acostumbrados a educarnos con la naturaleza, a salir a su encuentro ¿Coincide con esta apreciación?

   —Acuerdo con esta afirmación. Creo que no podemos enseñar a mirar, no podemos enseñar a escuchar, porque no hemos aprendido a hacerlo o lo hemos olvidado. El mundo urbano —y el culto del mismo— obturan la posibilidad de la apreciación, y mucho más la posibilidad de transmisión, como pasaje de sentidos entre generaciones. Quizá la clave consista en ofrecer generosamente, rigurosamente y apasionadamente oportunidades para la lectura de la realidad y no para aceptarla como un hecho irrevocable. A modo de ejemplo, los cultivos agroindustriales se expandieron desde la década de los 90, pero la agricultura tiene unos diez mil años. Una resuelta colonización discursiva que arribó estratégicamente a muchos manuales para la escuela primaria ha dado consistencia a la idea de que ya no es posible producir alimentos sin recurrir a organismos genéticamente modificados ¿Es inapelable esta premisa? Luminosas experiencias de producción agroecológica testimonian lo contrario. Entonces, no dejemos en manos de los medios hegemónicos y de las editoriales especializadas en textos escolares decisiones en las que se definen las lentes con las que se propone la comprensión del mundo. Que nuestras escuelas, capaces de hacerse presentes incluso en condiciones tan excepcionales como en una crisis sistémica global, se aventuren a ser protagonistas de la revisión profunda del presente y de la esperanzada construcción del porvenir. Que sean escuelas que entretejan redes de sostén para las múltiples expresiones de la vida, desde el anclaje territorial y el cuidado del espacio común. Que sean escuelas que a través de sus alianzas y de sus prácticas efectivas apuesten a un pensamiento propositivo. Que sean escuelas-brújula, que edifiquen la utopía de una nueva comunidad.

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