Educación

La escuela y el barbijo

Un cuento sobre una escuela sin pantallas, con pizarrones, tizas, docentes enseñando en persona y sin barbijos.

Domingo 02 de Agosto de 2020

Esta historia que les voy a contar ocurrió en una escuela, hace muchos años atrás, cuando las personas no usaban barbijos. Otra historia de escuela ¡qué aburrido!... podrán pensar ustedes. Y puede que tengan razón, pero como se trata de la mía, para mí es especial. No sé si porque yo era pequeña, pero a mí me parecía enorme, con todas esas aulas llenas de chicos y de chicas, y maestras enseñando con la tiza y el pizarrón. ¡Sí! aunque ustedes no lo crean las seños transmitían sus conocimientos en vivo y en directo (quiero decir, en persona, no como en un vivo de Instagram). Algunas tenían la costumbre de ir banco por banco explicando a quienes no habían entendido las lecciones. Como nadie usaba tapaboca, nos gustaba mirarlas para ver si se habían pintado los labios. Recuerdo a una en particular que siempre se pintaba de rojo brillante. A ella, cariñosamente, la llamábamos “Boquita”. Y como era muy simpática no se enojaba. Claro que no todas eran así de amables, algunas gritaban fuerte y nos ponían en penitencia y no podíamos salir al recreo.

   ¡Pero qué cabeza la mía! ¿No les conté del patio y del recreo? La escuela tenía un hermoso patio donde los nenes y las nenas podían jugar. Tal como lo escuchan. Parece ser que especialistas de la educación de la época decían que no podíamos estar tantas horas estudiando, y por eso dos o tres veces al día, salíamos al patio... nada más ni nada menos que a jugar. Y jugábamos ¡claro! Corríamos, saltábamos, gritábamos, a veces nos peleábamos y nos amigábamos, otras nos enojábamos y por un rato no nos hablábamos. En algunas pocas ocasiones, la cosa se ponía más grave y corría alguna que otra piña o una buena tirada de pelo. Las maestras nos retaban, y a veces nos ponían de plantón (así le decían a dejarnos parados en la puerta de la dirección mientras duraba todo el recreo). Pero como a ellas también les gustaba conversar mientras cuidaban el patio, a veces no se daban cuenta y nos escapábamos.

La escuela tenía un hermoso patio donde los nenes y las nenas podían jugar dos o tres veces al día. Tal como lo escuchan"

   Cuando se terminaba el recreo volvíamos a trabajar al salón. ¿Qué cómo era eso de trabajar en el aula? Lo hacíamos en los cuadernos: unas tapas duras con hojas de papel adentro. Vendrían a ser como las pantallas de la compu, pero con renglones para que la letra nos saliera derechita. Porque si no te podías ir para arriba (cuando estabas feliz) o muy para abajo (cuando estabas triste). Bueno, la cosa es que en el cuaderno tenías que escribir todo lo que habías aprendido. Y copiar del pizarrón a la hoja. Y nunca, pero nunca copiarle al compañero o a la compañera. La seño con un lápiz rojo te corregía. Si estaba todo perfecto sin errores: Muy bien diez, te felicito, sigue así, adelante. Pero si te equivocabas en algo, ahí venía el regular, y hasta un mismísimo MAL. A veces también mandaba notitas para la familia: su hija no estudia, no presta atención, no se sabe comportar. Al llegar a casa se armaba la podrida: venían los retos y el castigo, como si no fuera bastante la vergüenza que pasábamos en clase. Por eso, para no cometer errores, era re importante que estuviéramos bien “ca-lla-di-tos y quie-ti-tos” y sin distraernos.

   Para avisarnos que la jornada había terminado, las porteras tocaban una campana. Hacíamos dos filas largas. Vaya uno a saber por qué extraña razón de un lado iban todas las nenas y del otro, todos los nenes. Otra vez había que estar en silencio para bajar la bandera y saludar a la vice directora que decía: hasta mañana niños. La seño nos despedía después, en la puerta y con un beso en la mejilla.

   Esa era mi escuela: sin pantallas, con cuadernos y carpetas, con pizarrones y tizas, con docentes enseñando en persona, con chicas y chicos sin barbijos. Como un pez acostumbrado al agua de la pecera, pasé muchísimos días allí, primero como alumna, después como maestra y como vice. Esa era la escuela que yo creía “normal”. Pero como se habrán dado cuenta, tan tan tan normal, no era.

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