Esta historia que les voy a contar ocurrió en una escuela, hace muchos años atrás, cuando las personas no usaban barbijos. Otra historia de escuela ¡qué aburrido!... podrán pensar ustedes. Y puede que tengan razón, pero como se trata de la mía, para mí es especial. No sé si porque yo era pequeña, pero a mí me parecía enorme, con todas esas aulas llenas de chicos y de chicas, y maestras enseñando con la tiza y el pizarrón. ¡Sí! aunque ustedes no lo crean las seños transmitían sus conocimientos en vivo y en directo (quiero decir, en persona, no como en un vivo de Instagram). Algunas tenían la costumbre de ir banco por banco explicando a quienes no habían entendido las lecciones. Como nadie usaba tapaboca, nos gustaba mirarlas para ver si se habían pintado los labios. Recuerdo a una en particular que siempre se pintaba de rojo brillante. A ella, cariñosamente, la llamábamos “Boquita”. Y como era muy simpática no se enojaba. Claro que no todas eran así de amables, algunas gritaban fuerte y nos ponían en penitencia y no podíamos salir al recreo.




























