educación

Carlos Fuentealba: en las plazas, en las aulas

La autora recuerda al maestro neuquino asesinado en abril de 2007 cuando participaba en una protesta docente

Sábado 03 de Abril de 2021

Marzo y abril nos desafían a pensar nuestras propuestas pedagógicas para abordar los contenidos de la historia reciente. El 24 de marzo y el aniversario del Golpe de Estado, el 2 de abril y la Guerra de Malvinas, el 4 de abril y el asesinato de Carlos Fuentealba. Como en una secuencia de muerte, se encadenan los hechos que ocurrieron en nuestro país y que todavía nos duelen.

Y aunque la pena es grande, no se puede mirar para otro lado, porque elegimos estar en éste, y desde aquí pensamos a la educación como una práctica social, histórica, situada. Ni neutral ni aséptica. Comprometida, y en este sentido, profundamente política.

Por eso elegimos volver a decir, aunque las palabras suenen repetidas. Preguntándonos sobre el sentido de cada una de ellas, para que los actos no se conviertan en rituales vacíos.

Por eso seguimos escribiendo.

Y somos muchos y muchas. Quienes fuimos testigos, quienes lloramos, quienes sin conocerlo pronunciamos su nombre, quienes aprendimos a querer y a respetar su compromiso, su lucha y su trayectoria, de la que nada sabíamos hasta ese instante fatal.

Recuerdo, como si fuera ayer, la tarde lluviosa y gris en que llegó la noticia de la represión en Neuquén y el saldo desgarrador de un compañero gravemente herido.

La espera se hacía larga, pero horas después las pantallas de los viejos celulares centelleaban indignados: mataron a un maestro, las tizas no se manchan de sangre.

De a poco fueron llegando las fotos, las anécdotas sobre su vida, los relatos de quienes tanto lo querían y valoraban. Carlos el obrero, el militante, el compañero de Sandra, el padre amoroso, el defensor de la democracia sindical, el profesor del año, el que educaba en las calles y en las aulas. Carlos, el de “la camperita violeta”. Neuquén estaba allá lejos, pero todos la sentíamos tan cerca.

Y así también nos avisamos unos a otros para salir a gritar la impotencia y el dolor, pero sobre todo a bramar por las calles pidiendo justicia.

También mantengo intacto el recuerdo de los niños y las niñas en las escuelas, regalándonos dibujos y cartas, cobijando entre papelitos y abrazos nuestro dolor.

Una herida profunda se abría por esos días sobre la docencia y la comunidad educativa de todo el país. Pasan los años y la herida no se cierra. Detrás de la mano criminal que arrojó la granada sobre su lúcida cabeza, hubo un gobernador que formuló la orden de reprimir la movilización. La justicia no fue completa para Carlos porque los responsables intelectuales de su asesinato siguieron impunes. Tampoco fue producto de la casualidad la fecha de su muerte. Es que marzo y abril son meses claves en la vida de la docencia y de sus familias. Año tras año, continuamos saliendo a las calles a manifestar por el derecho al salario y por condiciones dignas para enseñar y aprender. Y en esa lucha que no cesa, volvemos a inscribir su nombre en las pancartas. Así es como Carlos sobrevuela todas las plazas, desde las que gritamos que está presente, ahora y siempre.

Cuando pronunciamos su nombre aún se anudan nuestras gargantas. Pero seguimos nombrándolo, para que mañana también lo nombren las nuevas generaciones. Porque siguen naciendo niños y niñas. Y crecen, empiezan el jardín y el primer grado. Siguen entrando a las secundarias adolescentes con nervios, incertidumbres, rebeliones y ansias. Siguen ingresando a los profesorados jóvenes que eligen la docencia como oficio.

Por eso, cada 4 de abril, abrimos las puertas de las aulas para que vuelva a entrar en ellas, una vez más, el profe Carlos Fuentealba. Sabemos que al contar su historia, tendemos el puente para que nunca caiga en el abismo del olvido.

Marzo y abril nos desafían a pensar nuestras propuestas pedagógicas, pero por sobre todo a replantear nuestras prácticas. A elegir el lugar desde donde nos queremos situar. Quienes apostamos a construir un futuro mejor, más justo y solidario, defendemos una educación liberadora que contribuya a romper el círculo de la secuencia macabra.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejá tu comentario