Winston Churchill invitó a Franklin Roosevelt para que descansara en sus solares, paseos y esplendorosas habitaciones después de las discusiones estratégicas durante la Segunda Guerra Mundial y Alfred Hitchcock filmó escenas de "El hombre que sabía demasiado" en el vestíbulo, que también ha visto pasar a los Rolling Stones, Charlie Chaplin, Sharon Stone y muchos otros astros de Hollywood durante casi un siglo. Ahora, después de una remodelación de tres años a un costo de 176 millones de dólares, La Mamounia reabrió sus puertas en los jardines de Marrakech en Marruecos.
Un prominente diseñador de interiores reformó sus habitaciones con estilos art decó y árabe-andaluz, chefs cargados de estrellas han abierto restaurantes, y se ha añadido un spa a las ocho hectáreas de jardines desbordantes de palmeras y olivos. El objetivo ha sido volver a atraer a los ricos y famosos a este legendario hotel instalado dentro de murallas medievales de un lugar proclamado patrimonio de la humanidad.
"Hay tres reglas de oro para un palacio de esta envergadura", afirmó Jacques García, el decorador francés que dirigió la restauración: "Elegancia, elegancia y elegancia".
Construido en 1923 cuando Marruecos era un protectorado francés, el Mamounia combina las líneas sobrias de la arquitectura art decó con los filigranas intrincados de las decoraciones arabescas. El hotel ha sido considerado la obra maestra de esta fusión de estilos, característica de un puñado de edificios marroquíes.
Su gran vestíbulo de mármol conduce a patios internos donde el hilo de agua de las fuentes despierta el eco de los refinados mosaicos. El salón de natación imita un pabellón principesco del siglo XVII. Piezas esculpidas en las paredes de yeso rodean la piscina de 55 metros cuadrados. Las columnatas y corredores reminiscentes de la Alhambra española conducen al bar Churchill, con fotos en blanco y negro de músicos de jazz, una alfombra de piel de pantera y sillones de cuero.
"Es un equilibrio muy delicado", dijo García mientras guiaba al visitante por el hotel, que fue reabierto a fines del 2009. Restaurar el lugar es como "regresar a las fuentes de un mito y dar la impresión de que todo aquí es una obra maestra".
Para hacerlo, García se basó en viejas fotografías de los edificios originales y dependió en gran medida de artesanos de Marrakech, quienes han mantenido vivas las antiguas técnicas de pintura, tallado en madera y decoración.
“Marruecos es probablemente el único lugar en el mundo donde los artesanos todavía pueden pintar un cielo raso exactamente como el original del siglo XVI”, se maravilló García.
El Mamounia es tan emblemático de Marruecos que mucha gente en esta nación nordafricana y otros consideran el hotel un orgullo nacional, uno de los ejemplos más finos de artesanía árabe y encarnación del arte marroquí.
Como el Louvre para París. Antes de la renovación, muchos turistas que venían a Marrakech trataban de entrar para tomar una taza de té de menta y la oportunidad de darle un vistazo, aunque no pudieran pagar por una habitación. Ahora el hotel será menos accesible, pero Didier Piquot, el gerente, dice que quienes no se alojen en el hotel podrán visitarlo si hacen reservaciones en los restaurantes.
“El Mamounia es para Marrakech lo que el Louvre es para París; todos vienen a verlo”, dijo García. “Sólo que aquí, algunos pueden quedarse. Es como pasar una noche en el museo”.
Pero el príncipe Mamoun, hijo de un rey marroquí del siglo XVIII que recibió el oasis de su padre y dio su nombre a los jardines Mamounia, probablemente se asombraría por el nivel de lujo moderno.
En el spa de 2.500 metros cuadrados los huéspedes pueden descansar en divanes blancos sobre una plataforma sostenida por columnas doradas sobre la piscina en interiores. En las profundidades, el hamam de mármol, o baño turco, ofrece un gimnasio con tecnología de punta, entre sofás de cuero y paredes de cerámica negra que conducen a baños de hidromasaje, saunas, un salón de belleza de la marca de cosméticos Shiseido y un estilista parisiense.
“No creo que muchos spa europeos puedan rivalizar con éste, y en Estados Unidos probablemente hay menos de una docena de esta calidad”, opinó Marianne Nielsen, la gerenta dinamarquesa del spa. La diferencia radica en que el Mamounia también ha incorporado técnicas tradicionales como lociones de flores de naranja o cremas masajes basados en el aceite Argan único de Marruecos, afirmó.
En el jardín de olivos, palmeras y jazmines, un hombre encaramado en un triciclo antiguo distribuye helados en barquillos. Pasadizos alfombrados de arena fina conducen a las canchas de tenis, mientras el sendero al restaurante marroquí ha sido pavimentado para que las mujeres no se arruinen los tacos altos camino de la cena. Dentro del edificio principal, el hotel también ofrece una alta cocina creada por dos chefs, cada uno de los cuales tiene restaurantes de dos estrellas, en Francia e Italia.
El balcón de Churchill. La mayoría de las 136 habitaciones y 71 suites miran a los jardines y los muros ocre del siglo XII que rodean Marrakech, un imán del turismo internacional proclamado patrimonio de la humanidad por la Unesco, la organización cultural de las Naciones Unidas.
Y más allá de la ciudad en medio del desierto, la vista alcanza a los picos nevados de las montañas Atlas, una vista que agradaba tanto a Churchill que regresaba periódicamente al Mamounia para pintar desde el balcón de su habitación. Una de sus pinturas de 1935, “Atardecer sobre las montañas Atlas”, alcanzó los 350.000 dólares en una subasta el año pasado en Nueva York. Otra pintura que produjo en Marrakech en 1948 y luego fue ofrecida al presidente estadounidense Harry Truman se vendió en 950.000 dólares.
Con un personal de 770 empleados, a un promedio de cuatro por habitación, el lujo del Mamounia tiene su costo: de 776 a 10.350 dólares la noche, dependiendo del tamaño de la suite y de la temporada: primavera y otoño son los favoritos, aunque suele estar soleado todo el año en la ciudad.
“Aun entre los hoteles más míticos, éste es excepcional”, dijo Piquot. Agregó que la gente viene al hotel para disfrutar de un lujo inimitable. Como es de propiedad local, el Mamounia no compite con otros hoteles de cinco, seis o hasta siete estrellas. Por cierto, ni siquiera ha solicitado estrella alguna. “En toda humildad, no estamos en la competencia”, sentenció Piquot.