Los seres humanos tienen contradicciones que tratan de disimular, pero el egoísmo y la ambición desmedida los hace caer, indefectiblemente, y ubica a las personas en el lugar que deben estar. Hablamos de cuidar nuestro patrimonio, preservarlo y brindar un reconocimiento a quienes lo construyeron y muchas veces a la misma obra por lo que significa y por lo que trasmite. Cuando vemos que obras magníficas, que encierran historias de hombres o de familias, que marcaron y dieron a la sociedad mucho de sí sin esperar nada a cambio, están condenadas a un tratamiento de desprestigio, del manoseo mercantilista, y a ser víctima de lo vulgar, me llena de vergüenza y de tristeza. Una esquina de Rosario, que reúne no sólo la belleza arquitectónica sino que encierra la historia de una eminencia en las Ciencias Médicas, fue entregada por unas monedas, no importa si es mucho o poco, a un inquilino que no guarda el más mínimo respeto por el lugar que ocupa, hasta tiene la osadía de vender panchos y gaseosas en un pórtico de una arquitectura sublime. El inquilino, en este caso, no tiene absolutamente nada que ver con esta crítica. A los herederos de esta propiedad, grandes defensores de la tradición, el linaje y el buen gusto, parece ser que sólo les interesa una cuota mensual para repartir en lugar de hacer un aporte, en honor a quien con trabajo y dedicación forzó una posición que ellos disfrutan desde hace años, a la cultura de Rosario o a una entidad que resguarde el patrimonio de la ciudad. No sólo hay que recordar y repetir historias del pasado, hay que respetar esas historias y a esos seres queridos protegiendo los bienes materiales y espirituales que les han dejado. Si el doctor, o su esposa, artífices de esta obra, ya fallecidos, pudieran observar lo que hacen sus nietos por unas míseras monedas…se volverían...





























