El pasado domingo 15 de febrero llevamos a los chicos a la coqueta calesita de la Plaza López. Lástima que luego nos sentamos a tomar algo en un bar de Pellegrini al 800, porque pasamos un muy mal momento. En un instante nos llovieron dos cigarrillos encendidos desde un balcón. Como el comercio estaba lleno, parte de nosotros quedamos afuera del toldo protector. Uno de los cigarrillos voladores impactó en el coche de nuestro bebé de 11 meses y rebotó porque sino se prende fuego. El otro proyectil volador pasó cerca de mi tupida cabellera. Les gritamos cosas bonitas, pero ni se enteraron. Mucha gente que no visita los barrios de la ciudad cree que viven personas incivilizadas y se equivocan, ahí viven los más educados. Por lo aquí expuesto, en la avenida de la gente del centro poco le importa a algunos arrojar de manera totalmente desaprensiva cualquier cosa pudiendo ocasionar una desgracia. Por suerte sólo fue un susto. A los dueños de esas manos que sobresalían por el balcón es bueno recordarles que existe un objeto llamado cenicero, que sirve para arrojar las cenizas y apagar los cigarrillos sin molestar al prójimo.




























