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Un buzo revive el horror del naufragio del crucero Costa Concordia en Italia

Los socorristas que se sumergen en el buque siniestrado buscan cadáveres a tientas. La oscuridad y el frío entorpecen el trabajo en ambientes pequeños llenos de despojos y cables.

Miércoles 25 de Enero de 2012

El naufragio del crucero Costa Concordia el viernes 13 último en las costas de una isla del archipiélago italiano del Giglio sigue asombrando a mundo por las particularidades que rodearon al siniestro que hasta ahora dejó un saldo de 16 muertos y 19 desaparecidos entre el pasaje y tripulación de 4.220 personas, y por las causas del desastre, el capitán llevó al barco a un rumbo de colisión con rocas sumergidas muy cerca de la costa y luego abandonó la nave mientras aún quedaban cientos de personas a bordo. Ahora, con las imágenes de los despojos del naufragio comienza a conocerse el horror y la desesperación que vivió la gente que quedó atrapada en la lujosa nave mientras el agua inundaba los compartimentos.

El espeleólogo Fabio Paoletti se ha sumergido desde hace días en ese laberinto submarino de camarotes, pasillos y solares en busca de cuerpos, y lo vive como una experiencia aterradora.

"Siempre me da miedo, cada vez que desciendo para explorar el naufragio siento el temor de lo desconocido. Encontrar un cuerpo es horrible y a pesar de ser desgarrador, uno siente algo de alivio porque es finalmente lo que se debe hacer", señaló el buzo.

Paoletti, de 43 años, trabaja como buzo en un cuerpo especial de los bomberos de Italia desde hace nueve años y en ese período ya ha tenido que retirar cuerpos de diversos naufragios, pero aseguró que nunca vio algo de la envergadura del Costa Concordia, con casi 300 metros de largo y 17 puentes. "Hacerse un camino entre los despojos es difícil y agotador. Tenemos una visibilidad que va de 10 a 80 centímetros y para encontrar cuerpos, debemos revisarlo todo casi a tientas", dijo.

Por seguridad, los buceadores siempre exploran un naufragio de a dos, y van haciendo su camino en las aguas oscuras obligados a moverse en espacios exiguos. Así, nadan en zig-zag para estar seguros de cubrir toda la zona de búsqueda.

"Hacemos descensos de cincuenta minutos con tres tubos de oxígeno y además depositamos uno o dos otros tubos en el camino. Si no ascendemos al cabo de ese período, otra persona que permanece en el bote viene a buscarnos", dijo Paoletti.

El buzo, originario de Viterbo, próximo a Roma, afirma disfrutar aún de la pasión por la exploración y los descensos en grutas. Seis veces al año sigue entrenamientos sumamente rigurosos organizados por los bomberos.

"Uno de los mayores riesgos es el de quedarse enredado en los cables eléctricos que flotan en el agua. Así, las tijeras son un elemento fundamental en nuestro equipo. En los entrenamientos, por ejemplo, nos vendan los ojos y nos cubren con cables", dijo. En esa situación, añadió, "uno tiene realmente poco tiempo para liberarse y cortar las cuerdas y cables, pero sin cortar el cable de seguridad que nos lleva de retorno a la salida del laberinto", advirtió.

Sólo cadáveres. Mientras continúan las tareas de búsqueda de los desaparecidos en el naufragio, Paoletti estimó improbable que aún haya supervivientes. "Si hay alguna mínima preocupación de que alguien llame o golpee para reclamar ayuda, lo habríamos escuchado, pero es realmente improbable. A veces pensamos haber descubierto un cuerpo, pero es apenas una chaqueta o un par de anteojos", recordó.

Los buzos utilizan dos lámparas situadas en sus cascos para iluminar su camino a través del agua helada y evitar las sillas, mesas y decenas de objetos abandonados por los miles de pasajeros aterrorizados que abandonaron el barco, como sillas de ruedas o hasta cochecitos de bebé.

El equipo de nueve personas conducido por Paoletti aguarda que la marina de guerra italiana practique pequeños agujeros en el casco con micro explosiones para penetrar en el navío con los planos detallados de la parte del crucero a investigar.

Paoletti prefiere no pensar en la idea de que su cuerda de seguridad se corte y él resulte perdido en las entrañas del navío. "Cuando uno entra en pánico, hace cosas que no debería hacer y es difícil retomar la calma si uno pierde el control", dijo.

Aunque los buzos tienen un psicólogo a su disposición, Paoletti asegura que nunca lo ha necesitado. "Cuando uno está bajo el agua, no hay tiempo para pensar en otra cosa que no sea el trabajo. Y cuando ascendemos, uno está tan cansado que no tiene fuerzas ni para tener pesadillas", dijo.

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