Quizás esta nota no resulte atractiva para el lector. Le pido anticipadamente disculpas, pero ella, en realidad, responde a una necesidad personal y no a un requerimiento periodístico. Se trata simple y fatalmente de la desaparición física de quien en vida fuera mi padre del corazón. Ese órgano, tan sólo hace quince días, le jugó una mala pasada mientras tomaba un café y llegó a casa tomándose el pecho pidiéndonos que llamáramos a la emergencia médica. No lo sabíamos, él tampoco, pero allí iniciaba su largo camino al cielo. El cúmulo de sensaciones que disparó ese hecho son difíciles de describir: la angustia y el sufrimiento se apoderaron de nosotros, pero a su vez desnudaron un sinnúmero de acontecimientos y comportamientos inherentes a la naturaleza humana, que en ocasiones no sabemos percibir. Permanecer tardes enteras, esperando vanamente que una puerta de terapia se abriera y que simplemente nos dijeran "está igual", a sabiendas que ello nos alejaba temporalmente del final. Creyentes al fin, pasamos largas horas para que el padre Ignacio nos diera una esperanza, recurrimos a todos los amuletos, bajamos todos los santos, lo encomendamos a cuanto poder sobrenatural pudiera existir, pusimos de nuestra parte hasta la última gota de sudor, y hasta nuestra sangre, pero no alcanzó. Los gestos de afecto, el acompañamiento y la comprensión de nuestros amigos fueron conmovedores, algunos de ellos dejaron jirones de su vida para estar a nuestro lado y aún a costa de su propia salud nos hicieron sentir su afecto inconmensurable. Cuando un pater familia se va, no deja un espacio vacío, es el vacío mismo, imposible de reemplazar. Lejos de reprochar tu inesperada partida, valoramos cada momento vivido y lo disfrutamos más, mortales y perennes al fin, los seres humanos nacimos para alguna vez morir, aunque nos cueste aceptarlo y muchas veces nos quedemos con ganas de más; así es la vida. Sentí miles de prolongados abrazos sinceros, caricias infinitas, y hasta miradas que hablaban por sí mismas. En el camino encontré profesionales médicos que se apiadaron de nuestra circunstancia, y también de los otros, que simplemente se dedicaron a cumplir el triste rol de relatores de una lenta agonía, que presagiaba el irreversible final. Durante su intensa vida, supo disimular con maestría las carencias afectivas generadas por la separación de mis padres, y nunca me hizo sentir que en realidad no era su hijo, aunque él ya los tenía. Tu legado nos obliga. La vida, al fin y al cabo, es sólo parte de nuestra infinita existencia.
































