Desde hace unos días la Iglesia Católica es protagonista de un hecho del que el mundo es testigo, un acontecimiento que no se producía en 598 años: la renuncia de un Papa. Son muchas las especulaciones que rodean la dimisión del ahora Papa emérito Benedicto XVI. Me costó considerablemente decidirme a escribir sobre este tema ya que tiene que ver, nada más y nada menos, con el sentimiento más trascendente y profundo de las personas: la fe. Como un apasionado de los acontecimientos cumbres, sentí el deseo de ser parte de este momento único con el que nos convidan estas jornadas, las que inexorablemente serán históricas y nosotros contemporáneos de este hecho magno. Han hablado de internas, intrigas, problemas de salud, muchos con buenas intenciones, otros de oído; algunos desde un lugar ideológico y opositor, y otros tantos sin saber muy bien de qué se trata. Quiero hablar desde un lugar simple, desde los sentimientos que me provoca este suceso, como ciudadano del mundo, como habitante de la historia. Miro esa Sede vacante e imagino las expectativas de tantas gentes, de tantos hombres y mujeres, de tantos niños y jóvenes, que tienen necesidad de ser guiados, que tienen necesidad de que esa sede vuelva a ser ocupada, la Sede de Pedro para los Cristianos Católicos. Observo cómo el mundo religioso espera esperanzado, en silencio activo. Me llama poderosamente la atención cómo toda la humanidad mira esa sede vacía, hasta los ateos hablan y opinan, y no lo digo desde una crítica negativa, por el contrario, observo con vocación de observar que el hombre necesita que sus líderes ocupen cada uno su lugar. Intento que la sede vacante sea sólo una metáfora para ver más allá de la Sede de San Pedro. Quiero ver otras sedes, otras sillas, que están desocupadas o mal ocupadas. La Sede del Papa tarde o temprano volverá a ser ocupada y las ovejas volverán a tener un pastor temporal. Pero sigo mirando las otras sillas vacías, los otros lugares vacantes. Hay en todos los gobiernos del mundo lugares vacantes para la honestidad, la eficacia y el sentido común. Se necesita con suma urgencia ocupar los puestos vacantes que requieren hombres idóneos y altruistas, que tengan vocación de ubicar al semejante en el lugar que, por dignidad, le corresponde. Pero también se necesitan hombres grandes que, cuando reconocen sus limitaciones, son capaces no de huir, sino de ceder el lugar a alguien que pueda servir mejor. Tal vez sea ésta la última lección que nos dejó Benedicto XVI.




























