A veces existe una disconformidad infundada sobre una realidad despareja en una misma sociedad. Quizás por naturaleza nos quejamos o nos parece poco lo que tenemos o hemos logrado en el transcurso de la vida, aunque hayamos vivido tal vez como reyes en comparación al prójimo. Sin querer, sin darnos cuenta y con un gran sentido de egocentrismo, navegando por nuestras venas, sólo pensamos en crecer laboralmente, en cambiar el auto, la mejor cena, las más lindas vacaciones, todo acorde al nivel de un trabajador estable, sin tener en cuenta los intereses de aquel que cuenta con un nivel adquisitivo aún mayor. Esta realidad no es equitativa, es sólo de una parte de la sociedad que incluyéndome a mí en algunas situaciones le cuesta bajar un cambio, poner el freno para poder mirar al costado del camino. Es ahí cuando uno se da cuenta de que somos todos iguales, que todos tenemos los mismos derechos y no todos contamos con las mismas posibilidades. La pobreza se encuentra en cada contenedor, en cada carro, en cada esquina con semáforos y miles de lugares más, sólo aquel que no quiera ver la realidad estará exento de ella. No sigamos pensando sólo en nosotros y seamos solidarios siempre, que no se deban esperar catástrofes como las de calle Salta y Oroño para demostrar lo que somos como personas o sociedad. Debemos comprender que la vida es una sola para cada uno de nosotros. y más allá de la escala social, color o religión, todos nos merecemos un mundo mejor, con más amor e igualdad.






























