Llegué a casa del diario y la inspiración surgió, súbita (la inspiración es hija del deseo). Le
agarré la mano a mi hija y a la chica que quiero y en dos minutos estábamos los tres apretados
dentro de un taxi, sumergidos en la noche de la ciudad. Había hambre y en mí, algo más: nostalgia.
El destino era la zona sur: la querida Santa María.
Puerto suave en medio del mar oscuro, la pizzería más famosa de Rosario es una roca que
resiste el paso de los años en su baluarte del barrio de Tablada. Mientras nacen y mueren boliches
que no dejan huella alguna en la memoria, ella se queda allí, eterna como el vino y el aire,
siempre esperándonos en la esquina de San Martín y Garay. Además de puerto, también es faro:
alumbra la ruta de los solitarios y cobija a las familias y los enamorados, de la edad que sean.
Basta llegar, sentarse (si no hay que hacer cola antes, algo muy frecuente) y pedir el liso o
el moscato de rigor, preguntar si queda fainá (cada vez se termina más temprano) y esperar que
lleguen las fugazzas con queso o las de tomate con anchoas para ser absolutamente pleno, dueño de
una felicidad sin resquicios.
Y cuando llegan las pizzas en porciones (ah) y uno las agarra con la mano (aleluya) y la masa
crujiente en el exterior y esponjosa en el interior sigue siendo la misma que hace treinta años (o
cuarenta, o cincuenta), entonces no queda más remedio que hacerse creyente. Habría que escribir una
misa basada en la eternidad de las pizzas de la Santa María. Y pensar que es uno de los pocos
lugares que siguen siendo (bellamente) los mismos en medio de la ola de modas oportunistas.
Ya basta de refinamiento innecesario, de banalidad intercambiable, de esnobismo que se compra
por monedas. No quiero saber nada, como dice Richi Guiamet, de cantimpalos ni palmitos, y mucho
menos de camarones y ananaes: quiero una de queso, un buen moscato helado en copa ancha y hablarle
a la noche que late en el presente porque es hija irrenunciable, fiel y dulce del mejor de los
pasados: el que viene de la amistad y el amor, del barrio y la ternura, de los tablones de la
cancha de Central Córdoba y los estantes cargados de libros para todos que entregaba esa madre
generosa que fue la Vigil.
Estoy aquí, en las mesas de la santa, mi Santa María. Que no es de Onetti esta vez, que es
nuestra, nuestra para siempre.
Mozo, dos más de queso y otro moscato bien frío, por favor.



























