Suele decirse en tono burlesco que las elecciones debieran realizarse cada seis meses para que los gobiernos provinciales y municipales hagan las obras que no hicieron a lo largo de su gestión. Se hace referencia a esas realizaciones que no demandan gran presupuesto ni esfuerzo, y que son de gran utilidad para la comunidad; tales como pintado de líneas blancas y amarillas en calles y rutas, repintado de lomos de burro, reparación de baches, zanjeo, corte de pastizales, colocación de imprescindibles semáforos, limpieza de conductos pluviales, renovación de indicadores oxidados en cruces de caminos rurales, y otros trabajos nada irrealizables reclamados insistentemente por los vecinos. Por ejemplo, no hay cosa más exasperante para residentes de la ciudad, pero especialmente para los visitantes, que las calles no tengan la clara indicación de sus nombres. Si la Municipalidad no dispone de recursos para cumplir en cada esquina con la señalización de la nomenclatura urbana, ¿tanto cuesta convenir con una empresa la instalación de simples placas donde figure el nombre de una arteria junto al de la empresa en cuestión? ¿Tan costoso resulta repintar a esas serpientes agazapadas en las calzadas, más conocidas como lomos de burro? A poco del 23 de octubre, día asignado para las últimas elecciones del festival eleccionario de 2011, se repavimentó el bulevar Avellaneda y se pintaron las líneas viales hasta el semáforo del Parque Alem. Pero pareciera que ahí se terminó la pintura y desde ese punto en adelante hacia el norte (en ambas manos), el gris siguió siendo el señor del paseo ribereño; lo que es más grave en la curva previa a la rotonda Gurruchaga, donde para no desviarse de los carriles, hay que guiarse por las tenues líneas trazadas por las junturas del pavimento, que ofician como "demarcadoras viales voluntarias". Por eso ¡por favor!... que vuelvan cuanto antes unas elecciones.





























