Una exclamación de sorpresa fue mi primera palabra al despertar, luego de una noche agitada, de pesadillas aterradoras, donde un "comecocos" gigante me corría por toda la habitación para devorarme el dinero que escondía en un bolsillo que le fabriqué a mi calzón. Duele sentir que para lo único que clasifiqué en mis 65 años fue para una limosna que llaman "jubilación". A veces me pregunto ¿qué hice en mi vida? Apenas fui esposa, madre, maestra, doctora, modista, cocinera y todo lo que un ama de casa puede hacer en su vida. Luego de ese pensamiento, saqué el dinero del calzón y lo coloqué en un pequeño monedero, el cual cabe en el puño de mi mano, preparé el changuito de las compras y salí a la calle dispuesta a emprender el viaje hacia mi rutina de cada comienzo de mes. Mis pies estaban perezosos y no deseaban llegar a mi primera parada. Es que no estaba segura de si quería dejar 450 pesos en el cíber de Rosa, destinados al pago de la luz, el gas, el teléfono y los impuestos; o dejar ese dinero para los remedios y para darme el lujo de comer cuatro veces al día. Opté por dejar mi dinero allí. En definitiva la salud va y viene. Antes de arrepentirme de esa decisión salí a la calle nuevamente. Mi siguiente parada fue la carnicería del Cholo, donde compré carne picada, puchero, un chingolito e hígado para el gato, y para mí. Luego fui a lo de don Pedro, el zapatero, que desde hace rato le debo el arreglo de dos pares de mocasines antiquísimos. Por último pasé por la verdulería y la panadería. Y con las provisiones para una semana, y con 30 pesos de vuelto en el monedero, regresé a casa cansada y ansiosa. Ansiosa a que llegue la noche, para ver la cara del "comecocos", cuando me sumerja en mis sueños, y con una sonrisa le expliqué que ya no debe perseguirme por el resto del mes, pues el dinero que guardo en mi calzón ya no existe porque sus parientes que viven fuera de la casa tienen más apetito que él.

























