Decía San Agustín: "El pasado es aquello que recuerdo, el futuro es lo que espero y el presente aquello a lo que atiendo". En relación a este postulado y para la época de comicios, mi abuelo me decía: "Analiza la historia, reflexiona sobre el país que esperas y si logras la verdad, podrás votar bien". El hombre pedía bastante porque el proceso comienza por la información y allí encontramos dos historias (o histerias), la oficial y la otra, dos versiones, la del gobierno y la de los opositores. Partiendo de la base que la verdad objetiva nunca es abundante, quedará entonces por nuestra cuenta desbrozar los contenidos y elegir uno u otro relato, o bien parte de uno y parte del otro, en la difícil tarea de entender la realidad. Winston Churchill escribió en sus memorias de guerra: "La historia me será indulgente porque tengo intención de escribirla" y la escribió como testigo y al mismo tiempo como quien decide teniendo el poder, lo cual la convierte en parcial. ¿Puede la historia ser objetiva y que aprendamos de ella para evitar errores futuros? En general no si la escriben los ganadores, tampoco si la escriben los perdedores o los que defienden intereses sectoriales. Por eso debemos usar un filtro que tenga en cuenta el lugar, contexto y causa de los hechos como también el doble discurso y las secretas motivaciones de los relatores, que no siempre pasan por el interés común. Como dijera Orlando D´Adamo vivimos en una "relatocracia" y yo agregaría, de varios discursos opuestos. Observamos un relato oficial que apunta a la emotividad y no a la razón intentando una historia con beneficio de inventario, oculta errores, polariza electorados, minimiza la corrupción, articula masivas campañas propagandistas y nos dice con signos de dogmatismo, que hace falta más tiempo para lograr los resultados prometidos. Y por otro lado el relato opositor, el que todo lo niega sin encontrar un sólo acierto, el que intenta convencernos con premisas inventadas o sin fundamento, el que odia y nos dice entre líneas "Viva el cáncer", el que busca defender cajas y privilegios corporativos, maximiza la corrupción, infunde temores apocalípticos y oculta sus pretensiones de lograr el poder aún sin consenso popular. Entonces ¿cómo discernir y encontrar la verdad para no emitir un voto equivocado? Hay pocas alternativas y un sólo camino: escuchar las dos campanas, hacer una reflexión crítica sobre los dos (o varios) relatos y decidir pensando con ideología sensata, propia y sin fundamentalismo sobre el país que queremos.


























