Estoy orgulloso de mis conciudadanos que con verdadera vocación política, pero sin banderas partidarias, salieron a las calles a reclamar. Celebro la madurez de un pueblo que no tuvo intenciones destituyentes, sino por el contrario, el deseo de exigir que se respeten las instituciones, la división de poderes y los valores supremos de la vida, la verdad y la justicia. Que nadie se sienta dueño de esta manifestación. El reclamo es al gobierno, a la oposición que muchas veces hace un papel pobre, sectario y mezquino, y a los legisladores que parecen no escuchar, a la Justicia tan lejana a la gente. Que el silencio que ganó las calles del país sea un ejercicio constante y fecundo en el que podamos reflexionar y pensar que país queremos y qué podemos aportar cada uno de nosotros para lograrlo. Creo que no hay que tenerle miedo a la gente en la calle. Es parte de la regla de juego. Es vital para la democracia. Tampoco tengamos miedo de hacer política, es la herramienta mas eficaz que nos provee este sistema que los argentinos hemos elegido hace ya mas de 30 años. La política es la posibilidad de transformar todo aquello que debe ser transformado. Es maravillosa si está al servicio del bien común, pero nefasta si se la utiliza en forma mezquina, poniendo intereses partidarios, y muchas veces personales, por encima de los intereses del pueblo. Por otra parte, en el caso de miércoles y después de la lección de participación y compromiso de tantos conciudadanos, pasa a un plano insignificante el currículo de quienes convocaron. Ya no es lo más importante. Lo trascendente es que una vez más el pueblo salió a la calle, porque hoy como nunca quiere saber de que se trata. Prolongo el silencio para seguir pensando, reflexionando y soñando con un país sin grietas, qu no exita ese "nosotros y aquellos", porque "si entre nosotros nos peleamos...nos devoran los de afuera..."






























