La población carenciada degusta el consumo pero no asume que para consumir debe previamente ejercitarse en la producción. Se les ha inculcado intencionalmente que todo estará a su alcance amparándose en la falta de recursos y entonces ponen nula voluntad para alcanzar otros objetivos. Así llegan a tomar drogas, sesgan vidas humanas, se apropian de terrenos ajenos, ocupan autopistas, puentes y locales, prestan su persona para incrementar números en actos o protestas obteniendo subsidios y planes de ayuda económica sin contraprestación alguna. Son ciudadanos nativos o de países vecinos. No interesa su procedencia. Lo que sí debe interesarnos es que resultan finalmente triste carne de cañón manejada por siniestros personajes que nunca asoman su cara. La Ciudad de Buenos Aires y las principales urbes del interior están invadidas por asentamientos irregulares poblados por un número cada vez mayor de indigentes que lenta e inexorablemente aprietan el dogal alrededor del resto de los ciudadanos que resisten la usurpación de sus derechos y posesiones. Frente al tristísimo episodio de la ocupación del parque Indoamericano en la Capital Federal y para evitar su casi segura propagación debe detenerse esta explosiva situación y legislar para que estos ciudadanos trabajen en todos los ámbitos del país. Hay infinidad de hectáreas improductivas por falta de mano de obra, zonas de microclima aptas para granjas, miles de kilómetros de rutas a trazar, locales escolares a edificar, planes de viviendas colectivas a construir, conductos para transportar agua, combustibles. ¿Por qué los ciudadanos de origen asiático llegan al país y trabajan denodadamente para crearse una posición en el país que los acogió? No intentan aprovecharse de beneficio social alguno, no cometen actos delictivos, se desarrollan en familia, cumplen con las exigencias financieras de sus gobiernos transfiriendo acá un capital inicial antes de abandonar sus lugares de origen.



































