Motín a la hora del té
Reflexiones. En 1773 un grupo de colonos disfrazados de indios arrojaron al mar en el puerto de
Boston un cargamento de té, en protesta por el monopolio colonial sobre el transporte y comercio de
la infusión, y la historiografía patria ha consagrado aquel modesto motín como uno de los primeros
actos de rebeldía contra la metrópoli británica, que acabaron por conducir a la guerra de
independencia. Y la presidencia de Barack Obama ha obrado curiosamente como galvanizador de un
nacionalismo xenófobo que se hace llamar Movimiento del Tea Party, que, aún sin líderes oficiales
ni aparato, agrupa ya a millones de seguidores.
18 de marzo 2010 · 01:00hs
En 1773 un grupo de colonos disfrazados de indios arrojaron al mar en el puerto
de Boston un cargamento de té, en protesta por el monopolio colonial sobre el transporte y comercio
de la infusión, y la historiografía patria ha consagrado aquel modesto motín como uno de los
primeros actos de rebeldía contra la metrópoli británica, que acabaron por conducir a la guerra de
independencia. Y la presidencia de Barack Obama ha obrado curiosamente como galvanizador de un
nacionalismo xenófobo que se hace llamar Movimiento del Tea Party, que, aún sin líderes oficiales
ni aparato, agrupa ya a millones de seguidores.
Los movimientos nativistas, o de búsqueda de esencias patrióticas
incorruptibles, nunca andan lejos de la superficie en la vida política norteamericana. La fundación
de los Estados Unidos no se llevó a cabo como la Revolución Francesa en nombre de la humanidad para
hacer tabla rasa con el pasado, sino para recrear en el Nuevo Mundo un supuesto Gobierno
parlamentario de gente acomodada, que las despóticas autoridades coloniales violaban; quería ser
una restauración. Así es como nació en 1845 para efímera fama el movimiento de los Know-Nothing
(Los que nada saben), que fundó un partido, el Native American Party (Partido Nativo Americano),
contra la inmigración entonces masiva de irlandeses, que además de extranjeros tenían la ocurrencia
de ser católicos.
Ese americanismo raigal era antipapista, antinegro, antijudío, y anti todo lo
diferente como reivindicación identitaria de lo blanco, anglosajón y protestante. Y si sus
componentes tuvieran un gusto no demostrado por la lectura, su Biblia contemporánea sería Who are
we (2004), del politólogo ya fallecido Samuel P. Huntington, angustiado grito de la anglosajonidad
contra la invasión latinoamericana, también y todavía mayoritariamente católica, en nombre de unos
valores que, como decía el autor, "no son los nuestros".
El politólogo Richard Hofstadter había acuñado el término status anxiety
(ansiedad de posición social) en su The paranoid style of american politics (1965), en que
describía a los que temen verse desplazados en la sociedad por la marea del otro, lo que incluye
cualquier tipo, por escueto que sea, de modernidad. El propio Obama habló en su campaña electoral
de "votantes que se aferran desesperadamente a las armas de fuego o la religión, mostrándose
contrarios a todo lo que no sea como ellos". Palabras tan bien elegidas que tuvo que retractarse
inmediatamente por la escandalera que se formó.
El movimiento del Té puede esfumarse como tantos otros intentos de crear una
tercera fuerza y ni siquiera está dicho que pretenda un día convertirse en partido, pero puede
hacer escorar fuertemente la formación política republicana, a la que los mentores del último Bush
ya habían corrido lo suyo hacia la derecha. Esa toma de poder interna posiblemente complacería a
uno de los inspiradores más visibles del personal, la adalid del pensamiento político cristiano
Sarah Palin –nacida católica y hoy devota protestante–, que fue candidata a la
vicepresidencia con el republicano John McCain. El movimiento mira también con embeleco a
tele-evangelistas de la política como Rush Limbaugh, y acusa al presidente de extranjero y
extranjerizante, socialista, débil sino incluso agente del islamismo, del terrorismo y del
comunismo, para que nadie dude de contra quién van.
Mas a pie de calle, los hipotéticos votantes del té abominan y se asustan ante
los pelos largos, el feminismo gritón, el poder negro, la conspiración judía, el brazo armado de
Roma -la inmigración latina- y como compendio de todo ello cualquier Gobierno que pueda sentir la
más mínima tentación socialdemócrata. Así, podría librarse un combate entre las dos almas del
partido republicano: populismo contra elitismo; liberalismo anarquizante contra el más
insignificante intervencionismo de Estado; fanatismo religioso contra la relativa moderación en
cuestiones morales de la aristocracia republicana.
Esta intifada fundamentalista nada le debe a un Edmund Burke, el compilador de
todo lo que, respetablemente, cupiera decir contra la I República Francesa y la guillotina. Es, al
contrario, una furia desatada por la presencia de un afroamericano en la Casa Blanca, porque entre
los clichés pergeñados con ocasión de la elección de Obama, quizá el mayor ha sido que se había
roto el tabú del color para la presidencia. Los blancos, como siempre, eligieron a McCain, y si el
demócrata triunfó fue por la afluencia absolutamente inédita de latinos a las urnas. La paradoja
consiste hoy en que el presidente que mayores y mejores expectativas había despertado en el mundo
está sacando de Estados Unidos lo peor de sí mismo.