Mandela no derogó el apartheid. Lo hizo su predecesor, Frederick Willem de Klerk, en 1991, por bondadoso, acaso, y porque la República Sudafricana no soportaba más las sanciones internacionales y las guerras civiles. Esto permitió que Mandela, pese a una feroz oposición de los zulúes por razones que ahora no vienen al caso, llegara al poder en 1994; premió a de Klerk con la vicepresidencia segunda. En 1993, ambos obtuvieron el Premio Nobel de la Paz. Antes, Mandela no había sido un preso político sino condenado por los crímenes del ANC, una organización terrorista que, casualmente, comandaba. Luego partido político, conserva su himno, titulado “Hay que matar al granjero blanco” (odian más a los bóers, a quienes masacraron, que a los ingleses). Hasta 2008, cierto que por un anacronismo, Mandela estuvo en la lista de guerrilleros subversivos más buscados por los EEUU. Sí es verdad que cuando gobernó, más por inteligente que por benévolo, no fue para nada revanchista. En fin, lo que quise decir es que Mandela no fue de los que “perdonó su encierro”. En realidad lo perdonaron a él, pues se salvó por un pelo de la pena de muerte. Lamento mucho ser un aguafiestas. Pasa que alguien, el más tonto de la tribu, tiene que procurar que se terminen los “relatos”, delirantes fantasías.


























