Ha cobrado repercusión nacional el discurso del presidente del Concejo de Arroyo Seco, referido a la delincuencia juvenil, sosteniendo que si bien no hay que matar a los jóvenes chorros, "hay que moler sus huesos a palos y matarlos a cintazos" (—), en lugar de darles una copa de leche o de intentar reeducarlos. Tal el nefasto mensaje a la sociedad —rayano en la apología del delito— que ha dado un alto funcionario político. Luego, acuciado por la prensa, ha aclarado que sacaron sus declaraciones de contexto, que no quiso decir lo que dijo. Pero lo dicho, dicho está, y bien grabado fue. Y para peor proveniente de quien no es, precisamente, un ciudadano común dando así el mal paso de prender la mecha de una explosión de violencia dificultosa de dimensionar y propia de un estado totalitario. Es que, en lugar de aconsejar "cintazos" hasta matarlos, el funcionario debió poner el acento en las verdaderas y ultimas causas de la delincuencia juvenil, que, a no dudarlo, resultan ser la entrada y comercialización de la droga (que pareciera tener "cancha libre" en nuestro país), la creciente pobreza y marginalidad que azota a nuestra sociedad y que llega al 40 por ciento de la población según estimación de Cáritas (para confirmarlo basta visualizar a los chicos lavavidrios de las esquinas rosarinas y al creciente número de personas revolviendo contenedores de basura) y, por qué no decirlo, a la ausencia de políticas públicas que alienten inversiones creadoras de riqueza y de fuentes de trabajo y de producción. En lugar de destacar las verdaderas y últimas causas de la inseguridad causada por jóvenes marginales, hijos y hasta nietos de hombres y de mujeres marginales, que viven bajo el estigma del hambre y de la pobreza, el presidente del Concejo aconseja tratarlos con suma y extrema violencia, reviviendo así nuestro reciente pasado. Y es que no se trata de justificar el delito de los pobres, ni pedir que queden exentos de la aplicación de la ley, sino de exigir acciones públicas que neutralicen la patología social que, en la mayoría de los casos, lleva a aquellos a delinquir, sin clamar por la reinstauración de la mazorca o de la justicia por mano propia. Para concluir, no puedo sino confesar la vergüenza ajena que experimenté, al escuchar que una encuesta radial efectuada por una radio rosarina arrojaba el resultado de 350 llamados a favor de los dichos del concejal, sobre 400 efectuados.





























