El 14 de julio de 1789 se produjo la Revolución Francesa. Los lemas de aquella revolución fueron: libertad, igualdad y fraternidad. Hoy, a 321 años de aquella Declaración de los Derechos del Hombre nos encontramos ante una nueva discusión, matrimonio entre personas del mismo sexo. Si lo entendemos desde la perspectiva de la igualdad, todos los ciudadanos, sin distinción de raza, religión o sexo, somos iguales ante la ley. Por esto, una ley debe ser lo suficientemente amplia como para incluirnos a todos. Si por caso tomamos el tema desde la libertad, todos tenemos derecho a escoger con quién casarnos. Y por último, fraternidad, que se puede entender como el respeto por las opciones de las personas, tanto como quienes eligen formar una pareja con alguien de distinto sexo como por aquellos que eligen a alguien del mismo sexo. Si algo tan sencillo como la modificación de un artículo del Código Civil provoca tanta división, es porque detrás de ello hay algo más complejo y profundo que el hecho de la existencia de la familia. Si la finalidad del matrimonio es sólo una cuestión biológica no deberían existir entonces las madres solteras y los tratamientos de fertilización asistida o los bancos de esperma. Si de las uniones heterosexuales surgen familias estamos queriendo tapar el sol con una mano, ignorando a las familias ensambladas, a los nuevos tipos de familia que existen y son más comunes en los tiempos que corren. Si lo natural, en este momento de la historia, es que los matrimonios sean sólo para personas heterosexuales, quizás, en 1936, lo natural en Alemania era eliminar a los judíos. Si sólo las parejas heterosexuales tienen la capacidad biológica de procrear, se entiende también que tienen la capacidad de abandonar a sus hijos. No volvamos 300 años atrás, vayamos hacia adelante.






























