Tanto creció la pobreza en Argentina en los últimos tiempos que ya adquirió título honorífico: para referirse a ella, hay que llamarla señora. La señora Pobreza, por estas tierras, ya es una institución, tiene leyes que la protegen y la promueven, y su fuerza ha traspuesto hasta las más férreas resistencias. Recorre las venas de la Nación entera, desde las míseras carencias de los menesterosos hasta la opulencia de los nuevos ricos, que cuanto más bienes tienen, menos pueden ocultarla, por lo que, en ellos, más se recrea. La raíz de este mal que nos atormenta es, principalmente, la falta de buenas políticas para erradicarla, y de educación para vivir y convivir con ella. Porque se debe estar educado, tanto para vivir en la abundancia como en la miseria. Los nuevos ricos de mi tierra, dan pena. Porque –según los filósofos de la antigüedad – es conveniente que la riqueza carezca de culpa, pero, en sus casos, la culpa la representa. Cada nuevo rico que aparece es tan visible como el sol de la mañana; en tanto, los pobres siguen siendo semilla pisoteada. La dignidad del pobre sigue siendo constantemente avasallada y, el robo, en todos los estamentos sociales, creciendo a mansalva. Solamente la educación puede hacerle frente a esta injusta dama. Vayan como ejemplo, dos caras nomás de doña Pobreza, de las cuales fui testigo. En los años 70, siendo yo adolescente, trabajaba en la calle y me encontraba a menudo con mi padrino de bautismo (fallecido en ese tiempo), que era alcohólico y vagabundo, y no tenía terminada la escuela primaria. No obstante, hablar con él aunque sea unos minutos, era un sumo placer. Porque, entre muchas otras cosas, hablaba el lunfardo, sabía letras de tangos y de poemas, de refranes populares, de versos de José Hernández, y de fútbol de alta clase. Tal era la condición de su pobreza. En cambio, hace unos días, un joven alcohólico que pide monedas en la calle para poder beber era acosado por otro desconocido de su misma edad, que con un arma blanca le exigía que le entregara las monedas que había conseguido y las bebidas que llevaba consigo. ¡Vaya carácter tan cambiante el de esta indeseable señora!


























