“Argentina, samaritana del mundo”. Así finaliza una de las tantas profecías de Solari Parravicini. Bajo el cielo argentino la naturaleza parece descender al desorden, promoviendo catástrofes, tomando duros exámenes que activa a miles de guardianes espirituales que aman al prójimo, apoyan la existencia en el plano físico y protegen la vida. Son jóvenes, adultos y ancianos con el rango militar de tutores del alma, héroes anónimos en todos los estratos sociales, ocultos en la armadura de la carne, atravesando silenciosamente la vida, manifestando el hermoso factor humano evidenciado en la tragedia, provocadores de imprevistos que podrían expresar la bendita oportunidad de consolidar el amor y la tranquilidad en la tierra de los argentinos. Enfrentamos el dolor en forma intermitente, pareciera que cada tanto los monstruos encuentran la manera de salir provocando el combate espiritual, la batalla más antigua que hace estragos en los más vulnerables. Pero también voces izquierdosas con bolsillos derechosos están siendo postradas de rodillas por su propia arrogancia y narcisismo altanero. Sangre de inocentes está adherida a estos incapaces, resentidos sociales, boyeros políticos y lobos disfrazados de ovejas, pagarán con la misma moneda en el tiempo y momento justo. Nadie escapará. Solari Parravicini profetizó en el año 1938: “Llegará a la Argentina empobrecida un nuevo sol. Llegará el día en que la falsa palabra sea creída. Llegará cuando las aguas lleguen en fuerza de ira, cuando la salud física del ser ciego y atontado sean precarios, cuando la intriga levante la masa, cuando el ladrón corra en las calles sin ser aprehendido, cuando la mujer grite por sus derechos y defienda causa política”, (del tomo II recopilado, publicado y con derechos de su autor; ingeniero, Sigurd von Wurmb).




























