Felizmente en todo el mundo las tratativas encaminadas a obtener mejoras sociales se han ido incrementando numéricamente, lo cual puede apreciarse a través de la prensa, pero los recursos a los cuales se apela a menudo son violatorios de disposiciones legales vigentes o están teñidos por la violencia. El fin puede ser justo pero los medios suelen ser inadecuados cuando se producen pérdidas de vidas humanas. En el reino animal el más poderoso hace valer su fuerza frente al más débil pero los seres humanos disponen del valioso recurso de la discusión y el intercambio de ideas para zanjar diferencias o disentir pacíficamente haciendo un paréntesis en la mutua relación sin llegar nunca al daño o perjuicio mutuo. En las postrimerías del siglo pasado, el Mahatma Gandhi logró la increíble empresa de independizar a la India del Imperio Británico haciendo uso del culto a la no violencia al cual llamó “ahimsa”, o sea la resistencia pasiva sin llegar jamás a la comisión de actos reñidos con la cordura y la normal convivencia; sin embargo el Imperio catalogaba esa justa ambición como un delito por lo cual perseguía y ultimaba a los patriotas a su antojo. Gandhi fue más filósofo que político porque había bebido en las más puras aguas de milenarias enseñanzas y sabía que el Cosmos está regulado por la eterna y universal ley de causa y efecto que hace cosechar a cada uno, tarde o temprano, lo que ha sembrado. Es por eso que el Mahatma (alma grande) sugería a sus seguidores que practicaran la resistencia pasiva o sea la no colaboración con las autoridades inglesas, algo así como llevar a cabo una huelga permanente. La conducta de Gandhi es un valioso ejemplo a seguir por aquéllos que quizás animados de una noble intención pretenden cambiar las cosas y los hechos mediante la violencia. Se dice que cuando Gandhi recibió el disparo mortal que le produjo la muerte el 30 de enero de 1948, le expresó al terrorista: “¿Por qué lo has hecho hijo mío?”.


























