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"La misma bolsa de verduras con el mismo nudo en casa de dos víctimas"

Crímenes de barrio Parque. Se inició ayer el juicio oral y público contra el verdulero Martín Santoro por dos homicidios en Rosario y uno en Zavalla. El ex jefe de la comisaría 5ª explicó cómo conectó los asesinatos de dos mujeres que eran vecinas y desfavoreció al acusado.

Martes 03 de Diciembre de 2013

El día que la policía descubrió el asesinato de Concepción Lavore todas las puertas de su casa estaban cerradas. Era el verano de 2010. El cuerpo de la mujer de 73 años llevaba días descompuesto en el baño, la luz de la cocina estaba encendida y el ventilador de techo seguía girando. De la heladera abierta sobresalía un paquete con verduras. Tres meses después la jubilada Susana García apareció muerta en su casa a sólo dos cuadras, con el cuello atado por una soga a la puerta de la cocina. "En la pileta y la heladera había verduras. No las había desenvuelto todavía. Y eran la misma bolsa y el mismo nudo que en la casa de Lavore". Con esa imagen, un investigador de los crímenes de barrio Parque explicó ayer cómo conectó por primera vez esos casos al declarar en el primer día de juicio contra Martín Santoro, el verdulero que está preso por tres homicidios calificados.

El primer día del postergado juicio oral por la saga de crímenes a ancianos transcurrió sin sorpresas, con un público de vecinos que siguieron con atención la audiencia. Tanto por la mañana como a la tarde declararon policías que participaron en la investigación: el primer ingreso a las casas donde se cometieron los asesinatos con fines de robo, el allanamiento a la vivienda y a una Trafic de Santoro en Villa Gobernador Gálvez donde se hallaron cosas robadas a las víctimas y la recepción de llamados anónimos que apuntaban por los crímenes al verdulero del barrio.

El acusado. El juicio, pautado para las 9, comenzó con retraso porque los arreglos en un sector del edificio de Tribunales obligaron a reprogramar el recorrido de Santoro desde la alcaidía del subsuelo hasta su silla de acusado. Cuarenta minutos más tarde el verdulero de 37 años, delgado, de cabello corto y vestido con un pantalón y un saco negros, entró a la sala esposado. Lo escoltaban tres guardias penitenciarios.

Santoro se ubicó en el asiento asignado y resistió con temple los flashes de los fotógrafos. Permaneció concentrado y en silencio el resto de la jornada. Sólo se acercó al micrófono cuando la jueza María Isabel Mas Varela le preguntó si iba a declarar: "Por este momento no", dijo, y se quedó callado. A diferencia de su primera indagatoria, tras ser detenido el 5 de junio de 2010, cuando se despegó de los crímenes pero admitió cierta participación en la venta de las pertenencias de las víctimas e identificó sitios donde se reducían cosas robadas.

El mayor de los hermanos verduleros llegó a juicio como autor de tres homicidios calificados. El de Lavore, quien fue asesinada con una bolsa de plástico en la cabeza y un nudo en la base del cuello entre el 1º y el 5 de febrero de 2010 en la casa de Suipacha 2124 donde vivía sola. El de García, una docente jubilada de 75 años a la que mataron para robarle el 27 de mayo de ese año en su casa de Riobamba 3036. Y el de José Savini, apuñalado el 13 de mayo en su domicilio de Zavalla también durante un robo.

Disputa planteada. En los primeros minutos de la audiencia las partes dejaron entrever sus estrategias al alegar ante el tribunal presidido por Mas Varela e integrado por Juan José Tutau y Roxana Bernardelli (ver aparte). Quedó claro que a lo largo del juicio, que termina la semana que viene, será medular la discusión sobre la validez de la prueba. La instrucción de la causa fue larga y cuestionada, se denunció el extravío de evidencia y hubo escasa profundización de la pesquisa. Tres hermanos de Santoro fueron apresados y luego obtuvieron la falta de mérito, al igual que otras cinco personas ligadas al comercio de objetos robados.

Primeras pistas. Luego comenzó la presentación de las pruebas con las declaraciones de policías. Los interrogatorios fueron interrumpidos reiteradamente por objeciones de forma de las partes. Uno de los testimonios más extensos fue el del comisario inspector Silvio Marciani, quien entonces era jefe de la comisaría 5ª, con jurisdicción en barrio Parque.

El comisario habló primero del crimen de Lavore. Contó que al ser convocado por vecinos que sentían mal olor en el domicilio de la jubilada debió llamar a un cerrajero para abrir la puerta de calle. “Me dirigí directamente al baño de donde emanaba olor. Vi la osamenta de esta señora, el cuerpo estaba irreconocible. Había un desorden en la pieza, todo prendido en la cocina, cosas dispersas y la heladera encendida pero abierta con bandejas de comida. Había verdura. Eran rabanitos. Se ve que hacía un tiempo que estaban atados, con brotes”, describió.

Aludió a su llegada a la casa de García, luego de que el hijo de la mujer descubriera el crimen y le hiciera señas a un patrullero. “Esta mujer estaba atada al picaporte. No había aberturas forzadas y no estaban las llaves. Para mí la víctima lo dejó entrar (al homicida)”, declaró.

“Había presiones de un barrio convulsionado por la muerte de una mujer con actividad social, vecina de muchos años”, siguió Marciani, quien también hizo referencia al deceso de María Inés Gómez, de 78 años, quien apareció con tres profundos cortes en la cabeza el 20 de enero de 2009 tras un robo a su casa de pasaje Coffin 3068. “O sea que ya teníamos tres vecinos con el mismo modus operandi. La misma circunstancia, la misma situación, mujeres grandes y solas”, agrupó.

El oficial contó que luego del traslado del cuerpo interrogó a los hijos de la víctima. “Llegué a una pregunta fundamental: si ella hacía las compras sola. La hija manifestó que le solían traer, porque pesaban, las verduras. Pedí que me muestren dónde las guardaba. En la pileta y la heladera no había desenvuelto las cosas todavía y era el mismo nudo, la misma bolsa. Me quedé con esa imagen. Era el mismo nudo que en la casa de Lavore”, abundó el oficial sobre elementos comunes en ambas viviendas.

Luego, en medio de un tenso contrapunto con la defensa, se explayó sobre dos llamados anónimos que en esa época apuntaron por los crímenes a los verduleros del barrio, afincados desde hacía años en la esquina de Riobamba y Francia.

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