Mercedes fue 20 años vendedora ambulante. Ofrecía pañuelos y curitas en Corrientes y Córdoba, donde se la veía acompañada de tres de sus hijos que entre juego y miseria también vendían y ayudaban a la economía de la casa. La suerte y sus ganas de trabajar le dieron la oportunidad de manejar un taxi, labor que realiza desde hace tres años. El mismo azar impidió que la noche del sábado fuera asesinada por un ladrón que le gatilló cuatro veces en la cabeza para robarle la recaudación.
“Soy chofer y me costó mucho serlo. Con esfuerzo pude ir a aprender a manejar, rendí los carnés habilitantes y conseguí un trabajo. Estoy peleando para comprarme mi propio taxi, ahora tengo que seguirla y lograr licitar la chapa. Si es que puedo, aunque tengo miedo de que me vuelvan a robar”, dijo el domingo a este diario en su humildísima casa de zona sur el día después del robo. Es la cuarta vez que vive situaciones de robo en los últimos tres años.
“No sé cómo me salvé”
Cerca de las 23 del sábado Mercedes cargó una pasajera en el centro y la llevó hasta Pellegrini y Rodríguez. Una vez que se detuvo en esa esquina se subió al taxi, sin preguntar si estaba libre, un joven que le dijo que lo llevara a Provincias Unidas y bulevar Seguí. Llegó un momento en que Mercedes empezó a sospechar del pasajero y al cruzar Presidente Perón y Provincias Unidas le hizo señas de luces a un patrullero, pero no la vieron. Fue entonces que el ladrón, de unos 25 años y con un tatuaje en la frente, sacó un revolver y le dijo: “Dame toda la plata que estoy re empastillado”.
“Me puse muy nerviosa. El me decía que parara, pero yo en vez de frenar aceleré para ver si alguien me veía. Me puso el revólver en la sien y comenzó a gatillar una, dos, tres veces. A la cuarta salió el tiro. Pensé que me había dado y se me cruzaron mis cinco hijos por la cabeza. Frené, abrí la puerta del auto y me quise bajar pero estaba con el cinturón de seguridad. Me lo desabroché, me bajé y corrí, ni sé hacia dónde. El también se bajó y corrió para el otro lado con la recaudación. Yo no podía tenerme en pie, temblaba, lloraba. Fue horrible”, contó ayer en su casa mientras su marido servía el asado familiar con el que festejaron que sigue viva.
La taxista recordó que mientras el asaltante gatillaba ella nunca se resistió. Incluso le dijo al ladrón “esperá que bajo y te doy todo”, pero él no dudó en seguir gatillando. “Cuando el disparo salió fue al parabrisas. La bala se deslizó por la luneta y quedó incrustada en la parte superior de la guantera”.
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Una vez que pudo reponerse, Mercedes se dio cuenta de que tenía su celular en la mano y casi al mismo momento llegaron al lugar dos taxistas. “Uno me preguntó mi nombre y llamó a la policía, yo no podía ni pulsar ni las teclas y ni me acordaba de la contraseña. Temblaba y lloraba, no sé como me salvé”.
Años
La vida de Mercedes no es sencilla. A los 14 años quedó embarazada de su primera hija y luego tuvo cuatro más junto a su marido. Tiene 38 años de los cuales 20 los pasó vendiendo en la calle pañuelitos y curitas que compraba en un paquetero de zona sur. Fueron años de calores, fríos y sed. Pedía baños en bares y locales para cambiar a sus niños. Siempre fue muy querida y ese cariño de la gente hizo posible un cambio de trabajo.
“Hace tres años un taxista me dijo que podría aprender a manejar y subirme a un taxi. Yo nunca lo imaginé, pero mi marido había cobrado una platita y pude hacer el curso de manejo, rendí y tuve el carné de servicio público. Una semana después el mismo hombre me contactó con una mujer que necesitaba un relevo en zona sur y así empecé. Ahora estoy con otro taxi y la dueña es muy buena”, aseguró en el comedor de su humilde casa de zona sur mientras su hija menor no deja de abrazarla.
"Pensé que me iba a morir vendiendo cosas por la calle, pero no fue así. Mis hijos chicos crecieron acompañándome al trabajo y yendo a la escuela como se podía. Ahora eso se terminó”.
Al principio de esta nueva historia laboral Mercedes no entendía su cambio de vida. “Tenía mucho miedo; a que me chocaran, a no poder hacerlo. Pero fui consiguiendo nueva gente amiga que me ayudó mucho y ahora los chicos pueden estar en casa mientras yo trabajo. No más frío ni estar en la calle seis horas por día. Ahora trabajo unas doce horas, sobre todo los fines de semana, pero me siento más respetada. Y para los chicos verme manejar fue muy lindo. Este trabajo me cambió hasta la forma de pensar la vida”.
Nada es sencillo para Mercedes. “Una cosa es pelear los lugares para vender pañuelitos, a veces había que gritar y enojarse feo, y otra es ser taxista. No es sencillo, pero con las chicas de She Taxi —una aplicación que permite a las pasajeras contactar taxis manejados por mujeres— estoy muy bien, me siento muy contenida. Una vez puse plata de mi bolsillo para llevar a una pareja a un barrio difícil, nadie los quería llevar. Tenían 200 pesos y el resto lo puse yo. Sé lo que es no tener nada”.
Otros tres asaltos
En sus años como taxista Mercedes fue víctima de tres intentos de robo antes del sufrido el sábado, la primera vez que lograron arrebatarle la recaudación. “Este es mi trabajo y defiendo la plata y el auto como sea. El primer asalto fue hace tres años en Avellaneda y Lamadrid; subió un muchacho que me quiso pegar con algo, no sé si un revolver, y yo tenía un cuchillo y le dí un golpe. Creo que lo herí, porque bajó corriendo”.
"Otra vez fue en Córdoba y Circunvalación. Un pibe me hizo señas y paré. Me dijo que lo llevara a Nuevo Alberdi, le dije que sí pero sin entrar al barrio. No me gustaba su mirada, la forma, qué se yo. Así que toqué el botón antipánico, un patrullero me paró antes de llegar y revisaron al pibe. Tenía un palo con un clavo en la punta y nada de plata para pagar. La policía me acompañó hasta mi casa ese día y creo que me salvé del robo”, recordó.
La tercera fue hace unos meses. “Un pibe abrió la puerta, tenía un cuchillo o algo así, pero la cerré. Y puse primera y saqué el auto del lugar. Era un robo, seguro.”
El domingo a la tarde Mercedes estaba en su casa con sus hijos, marido y vecinos. Aún tiene por delante dos luchas: una es insistir con la posibilidad de un crédito que pueda pagar para licitar una chapa de taxi. La segunda, volver a trabajar como todos los días: “Son 12 horas los fines de semana para hacer una diferencia, para que mis hijos puedan seguir con esta vida un poco mejor. Voy a tener miedo, voy a mirar para todos lados, pero voy a seguir trabajando. No queda otra”, dice con una sonrisa en la cara.