Nací en 1930 y siendo chico leía Billiken. Eramos cuatro hermanos y no resultaba fácil leerlo juntos, de manera que había que hacer cola y yo era el menor. La otra revista infantil de ese tiempo era Figuritas, que nos parecía más popular (¿populista?) y por todas partes ponía la leyenda "Las Malvinas son argentinas". En la Argentina los analfabetos eran comparativamente pocos, pero nunca se consiguió eliminar el analfabetismo. Con Billiken aprendimos la historia oficial: "San Martín se hizo a un lado porque chocó con la ambición de Bolívar, la guerra en que se aniquiló a los paraguayos estaba justificada, lo mismo que las campañas del desierto". Gracias a éstas "los argentinos nos considerábamos blancos como los europeos", y además queríamos parecernos a ellos. Como nuestra industria estaba poco desarrollada, muchos de los productos que consumíamos eran importados (papel higiénico, pasta dental, bicicletas, electrodomésticos). No hacía mucho que se había establecido el voto universal y secreto (menos para las mujeres) y así se había podido elegir presidente (¿populista?) a Hipólito Yrigoyen. En la mitad de su segunda presidencia (1930) fue derrocado por el golpe militar de Uriburu, que inauguró una especie de ping pong sedicioso, con el resultado de que fueron más los años de dictaduras que de gobiernos elegidos por el pueblo. ¿Esa es la Argentina paradisíaca que añora Mario Vargas Llosa? Seguramente no es la nuestra, que vivimos como una pesadilla cruel de la que estamos intentando despertar trabajosamente desde hace 27 años.































