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La degradación de la Argentina

Quisiera no haber tenido que utilizar este título, pero la cruda realidad del país me impide ser benévolo en este sentido, de lo contrario le estaría haciendo un flaco favor a la Nación.

Lunes 29 de Septiembre de 2014

Quisiera no haber tenido que utilizar este título, pero la cruda realidad del país me impide ser benévolo en este sentido, de lo contrario le estaría haciendo un flaco favor a la Nación. Creo que la Argentina se merece más respeto. La gran mayoría de los connacionales clama por ello y lo expresa, tibiamente por ahora, no sólo en distintos lugares de reunión, sino ya en la vía pública a través de los corajudos cacerolazos que enfrentaron tiempo atrás a la patota presidencial que pretendía callarlos. Nada de eso ocurrió y el descontento generalizado con las "políticas" aislacionistas y denigrantes implementadas por la presidenta recorre hoy el país como un reguero de pólvora. La libertad ha sido cercenada en aras de un pseudoproteccionismo que el gobierno manipula caprichosamente en desmedro de los derechos constitucionales de los ciudadanos plasmados en nuestra vapuleada Carta Magna. Así no va. No lo merecemos. Las instituciones democráticas hoy constituyen sólo espectros de una añeja y añorada realidad. La inseguridad campea en todos los frentes y se enseñorea con la complacencia de una justicia garantista que se esmera en proteger al victimario, sin siquiera volver su mirada hacia la víctima. La pobreza estructural ya mira con desdén los subsidios que el poder central casi arrebatadamente se obliga a hacer llegar a los más necesitados. No, amigo lector, no se equivoque, no hablo de la clase media (motorcito casi fundido del país) sino de la clase vaga. El gobierno nacional sigue repartiendo pescado en vez de cañas de pescar. La presidenta nos aturde con sus acalorados discursos en cuanta obra pública se digne inaugurar, mientras un séquito de obsecuentes baten palmas y se disputan un lugar de privilegio que los ubique estratégicamente cerca de ella, quizá con el afán de obtener al menos su sonrisa complaciente. Pero todo queda allí, en el puntapié inicial. Luego el partido no se juega. Queda estático. Congelado. Nos quedamos sólo con la piedra fundamental. Verdaderamente desolados. Con su conducta está bordeando la ilegitimidad de ejercicio. Está tentando a la suerte. Sigue jugando con la exasperación de los honestos. Continúa probándonos la paciencia. Quiera Dios que la presidenta advierta que la mansedumbre del pueblo argentino, honesto y trabajador, no es desidia. No es estupidez. No es inercia abúlica. Sino respeto institucional, que sólo se pierde para encontrar nuevamente en su camino a aquellas instituciones democráticas que no supo o no quiso respetar, y que constituyen en sí mismas el legítimo refugio de todos aquellos que pretendemos el tratamiento de ciudadanos.

Jorge Enrique Yunes
 

 

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