Quiero referirme al mal uso del rico idioma del que hemos sido dotados. Es público y notorio que a diario, en programas televisivos (sin contar el habla cotidiana de gran parte de la sociedad), se hace un uso irracional del idioma. Groserías al por mayor, términos de dudoso buen gusto, procaces y soeces. No hay delicadeza en reparar el daño psicológico que en niños, adolescentes y jóvenes esta práctica produce. Pero bien dice la sentencia: “La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer”. El libre albedrío, cuándo no, se ha instalado en la programación de los espectáculos y a no cuestionar las groserías implícitas, ya que, de ser así, se estaría hablando de censura o atentado a la libertad de expresión. Otrora, las groserías impúdicas sólo se escuchaban en los varietés, donde accedían solamente los mayores. Quiero recordar, más allá de ser innecesario hacerlo, lo que vemos en la publicidad de murales o en laterales de ómnibus de transporte urbano, esto es, la insólita aplicación del acento en los verbos constituyentes de frases. Los niños, azorados, preguntarán a sus progenitores: ¿por qué, si la profe o la seño que nos dicta clases de lengua nos enseñan de otra manera? ¿Qué explicación le podríamos dar a niños, adolescentes y jóvenes? Mi edad actual ya no cuenta para eso, pero no me exime de efectuar este llamado al sentido común.


























