Alrededor de las 12 de la noche un semáforo me paró en Oroño y Pellegrini. No había un alma en la calle, o quizá una, pero no la mía. Hacía frío, mucho frío. En la esquina un pibe me ofreció su trabajo, limpiarme el parabrisas por unas monedas, la cantidad que yo quiera. No llegaba al metro y medio, estimo, ni a los 10 años. Asentí con la cabeza y empezó a limpiar, miraba el interior del auto con los ojos perdidos, me miraba a mí también, quizá sentía el calor artificial que había adentro. Mientras el pibe se esforzaba con algunas manchas del parabrisas, yo miré a cámara. Miré fijo a la cámara como no se debe, sí, miré a esa cámara que pusieron allí los que nos gobiernan, justo en esa esquina, justo arriba del pibe. Bajé la ventanilla, saqué la cabeza, el hombro y mi brazo izquierdo, puse la palma de mi mano hacia arriba, junté todas las puntas de los dedos y mirando a cámara hice ese gestito de duda moviendo la mano hacia arriba y abajo, ¿qué te pasa socialismo? ¿Qué te pasa? ¿Ni con estas cámaras sos capaz de ver? Te ayudo un poco: ley 23.849, “los niños y niñas han de recibir el amor y la comprensión. La sociedad debe preocuparse de los niños y niñas sin familia. Los niños y niñas tienen derecho a la educación, a la cultura y al juego. Los niños y las niñas deben estar protegidos contra toda forma de abandono, crueldad y explotación. No será objeto de ningún tipo de trata. No deberá permitirse al niño trabajar”. La ciudad está más linda, sí, pero gobernar, entre otras cosas, es fijar prioridades. Como dije, no había ningún alma en la calle, o quizá sí. Le entregué todas mis monedas, todas, y partí sin mirar por el espejo retrovisor, como hasta ahora. Esto no pretende ser sólo un reproche a quienes nos gobiernan, también es una confesión de complicidad, porque estas realidades se construyen y se permiten entre todos.


























