Hace veinticinco años que vivo en San Lorenzo y Castellanos (Echesortu para algunos, barrio Jardín para otros). En estos veinticinco años he visto cómo la fisonomía de un barrio de casas bajas se desdibujaba. Aparecía el progreso, los edificios. Cada rinconcito de la cuadra se transformaba en 3, 4, 5 pisos y cada ventanita de esos hermosos edificios miraba a cualquier lado, a tu patio, a tu terraza o a tu dormitorio. Entonces, todos comenzamos a compartir todo: conversaciones, música estridente y peleas. Lo sorprendente fue que el progreso trajo desidia, abandono y promiscuidad. A nadie le importa ya nada. Dejan la basura en la vereda del vecino. ¿Por qué no en el contenedor? Mantienen relaciones amorosas en el umbral de una casa, ¿por qué no en lugar íntimo? Prostitutas, travestismo, casas tomadas, prostíbulos, qué más. ¿Esto era el progreso o hay zonas en esta querida Rosario que están destinadas a la promiscuidad? ¿Será este el lugar? He pasado los mejores años de mi vida en esta casa, ahora temo salir a la puerta. Como en la película Made in Lanús, digo: "Cómo extraño el taller del Cacho".































