En 1925, una comunidad rural impulsada por el afán de velar por la educación de sus hijos y generaciones posteriores, logra con aportes de su peculio concretar la construcción de un edificio destinado a una escuela pública y gratuita. Era el auge de las escuelas rurales en todo país que se levantaban con el auspicio de la ley Láinez, nombre de su autor, el periodista y político Manuel Láinez. El objetivo de aquella colectividad era reemplazar un colegio privado, desaparecido de la zona que funcionó en la estancia La Victoria, cerrado por jubilación de su maestro, el docente andaluz siempre bien recordado, señor Lorente; progenitor de una distinguida familia rosarina. En 1926, inaugurado el edificio de la nueva Escuela Nacional Nº 211, campo Charo-Tortugas (SF), su dirección recae en un joven educador catamarqueño, el señor Augusto Eusebio Gordillo, quien se encontró súbitamente con una población escolar de 120 alumnos: grupo heredado por ex alumnos del señor Lorente más la colonia de niños que se fue incrementando entre la inactividad educativa por cese del primer colegio y habilitación del segundo. Ante semejante urbe de discípulos y falta de maestros, el señor Gordillo fracciona el conglomerado en cuatro secciones, desde primero a cuarto grado acondicionándolos acorde a la instrucción que cada uno poseía. De las alumnas adolescentes más destacadas —ya señoritas—, selecciona a sus colaboradoras, entre ellas, Elvira Mondelli, mi maestra de primer grado y así a las siguientes: Soledad Crespillo y Delfina Negri, función que alternaban con otras compañeras. Así salió adelante el maestro Gordillo hasta que años más tarde llegó el refuerzo esperado, la joven pedagoga catamarqueña, su esposa, señora Inés Pilatos. Frente a otro Día del Maestro, hago llegar este homenaje a esos docentes e improvisadas colaboradoras, junto a todos los demás cultores de la educación. El ejemplo del señor Gordillo como tantos otros, demuestran que la pasión educativa tiene también su sitio en la razón de las cosas que se hacen con vocación y amor. Como bien dijo Hegel: "Nada grande se ha hecho en el mundo sin la pasión".



























