El elemento del que se valió la Justicia para individualizar al organizador de la emboscada al
micro de hinchas de Newell’s fue totalmente fortuito: una denuncia de violencia doméstica que
una comisaría omitió inscribir. Eso les costó la cabeza a los jefes. Pero hubo algo más importante:
dejó al descubierto que en esa seccional recibían plata de una persona dedicada a la venta de
drogas.
Una mujer contó ante la jueza de Instrucción Roxana Bernardelli que se
había presentado varias veces a denunciar a la comisaría 11ª las palizas que su pareja le propinaba
y que allí no se las recibían. La persona a la que la muchacha quería denunciar, y no la dejaban,
era Carlos Fernando F., el Chino, el mismo hombre apuntado como organizador de la emboscada que
buscaba asesinar a Diego Panadero Ochoa por 10 mil pesos.
El lunes se conoció la presentación espontánea de una testigo en los
tribunales provinciales para relatarle a la jueza de Instrucción Roxana Bernardelli pormenores
sobre el ataque a balazos que sufrieron los hinchas leprosos y los lazos de corrupción que unían a
la comisaría 11ª con su novio narco. Ayer se supo que esa mujer sólo quería que le tomaran una
denuncia por las reiteradas palizas que le daba su pareja: el Chino F. Lo había intentado en dos
seccionales sin éxito.
El poder del dinero. Fuentes allegadas a la investigación confiaron pormenores del
peregrinar de la mujer golpeada. Tras la enésima paliza sufrida, la pareja del Chino fue a la
comisaría de Lamadrid al 200 bis a denunciarlo. Allí la hicieron pasar y cuando la joven contó a
quien iba a denunciar el trámite entró en un callejón cerrado. El Chino es un vendedor de drogas de
la banda de Los Monos.
La muchacha, según denunció en los Tribunales, ya conocía la 11ª por
haber acompañado a su pareja a llevar un pago de 3 mil pesos mensuales para poder vender su
mercancía sin tropiezos. Ese dinero, según explicó la mujer, se lo entregaban al secretario del
jefe de la comisaría.
La mujer contó que cuando quiso denunciar la última paliza un oficial
extrajo su teléfono y se contactó con su pareja. “Chino, ¿te volviste loco que le pegas así a
la piba? A ver si te dejas de joder”. Acto seguido ese oficial, contó la mujer, le dijo que
“estaba todo bien” y que fuera a su casa. La muchacha le hizo caso desconociendo, según
dijo, que su pareja tenía un arreglo allí. Fue a su vivienda de Guillermo Tell al 500 sólo para ser
golpeada una vez más.
A raíz de eso la joven fue a la casa de su madre en Pérez. Al verla, la
señora se indignó y la acompañó hasta la comisaría 22ª para radicar la denuncia. Allí la mujer
contó su pesar. Quien la atendió le explicó que no era su jurisdicción y cuando la muchacha se fue,
desde la 22ª giraron la denuncia a la 11ª.
Cuando la denuncia llegó a la seccional de calle Lamadrid, el Chino
repitió la golpiza sobre su compañera. A partir de ese momento la relación pareció encarrilarse
hasta el jueves pasado. La muchacha relató que al filo de la medianoche del miércoles escuchó que
su pareja recibió un llamado de Nextel encargándole atentar contra el Panadero Ochoa, jefe de la
barra brava leprosa. El muchacho hizo varios llamados, juntó una gavilla y se fue. Luego ella se
enteró de que habían emboscado a la barra de Newell’s y herido de gravedad a tres personas.
Una de ellas Walter Cáceres, de 14 años, quien moriría 36 horas más tarde.
Después del ataque, cuando el Chino regresó a su hogar, la joven le
escuchó otra conversación telefónica. “Todo salió perfecto. El micro se paró justo frente a
donde estábamos nosotros”, le dijo el principal sospechoso a su interlocutor. La mujer le
recriminó lo que había hecho y el Chino la golpeó otra vez. En un círculo dramático la joven
reinició su derrotero: se fue de su mamá. Pero esta vez en lugar de regresar a su casa fueron a los
tribunales. Ya era sábado y en otro lugar del Gran Rosario estaban sepultando el cuerpo de Walter
Cáceres. Entonces la mujer habló con la jueza Bernardelli.