Conduzco frecuentemente en automóvil y conozco dos fantasmas de la ruta: el primero se personifica en esos bólidos que me alcanzan y sobrepasan en tres o cuatro segundos para desaparecer a la distancia. Circulan a 180 ó 200 kilómetros por hora sobre autopistas que permiten circular a sólo 130 km/h. Quienes así conducen saben que están cometiendo una infracción total y gozan con el vértigo, pero son seres enfermos que no tendrán posibilidad de reaccionar frente a algún imprevisto. Quienes les venden esos productos también conocen las regulaciones del tránsito vial, pero no les interesa, lo importante es la venta. Los organismos controladores como Dirección Nacional de Seguridad Vial, Gendarmería Nacional o Policías de Tránsito provinciales conocen todo lo referente a infracciones. Hay cámaras montadas sobre la ruta que indican velocidad, patentes del automóvil, hora de la infracción. Hay comunicación inmediata entre puestos de control y peajes. Cuando se quiere, se puede. El segundo fantasma aparece súbitamente delante nuestro y frenamos violentamente para no embestirlo: es el viejo automóvil sin luces traseras, con muchas personas a bordo, humeando por el caño de escape, escasísima velocidad, neumáticos muy gastados, patente pintada a mano, parabrisas roto unido con banda transparente, sin obleas de revisión técnica. Esos autos no pueden circular más, no están ni estarán en condiciones, menos de noche, y peor aún con lluvia o niebla. Se requiere una inmediata detención en el puesto de control para evitar tragedias. Serio problema son los numerosos camiones muy antiguos. Su velocidad puede estar en 40 kilómetros horarios, y así van frenando la marcha de todos los vehículos que vienen detrás. Cuando intentan sobrepasarlos son muchos los vehículos que se encuentran de frente contra los que vienen en sentido contrario. Así ocurren los desastres viales que ya conocemos. O sea: tenemos bólidos que hacen de las autopistas un autódromo, vehículos que solamente sirven para desguace, camiones que no están en condiciones de transitar. Lo que nos falta como siempre es la actuación de los mecanismos de control que no deben ser considerados sólo como organismos recaudadores.






























