Aún aturdido por la insolación que le causara el mismísimo sol El Desubicado baja hacia el hondo bajo fondo de un tugurio donde acodarse en la barra a beber un aguardiente barato que le dé aunque sea gusto feo a la apatía que le atraviesa el pecho como una daga oxidada manipulada por una suerte de clon del Bambino Veira que a diferencia del original no lleva peluca. La temperatura es de 37 grados (a la sombra, como debe ser en un tugurio subterráneo).
Un par de segundos, apenas dos, le sobran a El Desubicado para notar que aire acondicionado no hay y que el ventilador tiene tantos agujeros en sus aspas que apenas puede cumplir con la labor para la cual supuestamente fue fabricado en un taller clandestino del conurbano. El hielo de la ginebra se derrite más rápido que imagen de Cobos y el único modo de refrescarse es sacarse el calzado y mojar las patas en uno de los charcos de cerveza hirviente que hay en el piso. El Desubicado apura un trago que ingresa por el esófago junto con una mosca que se cuela desesperada por cambiar de aire.
Entonces, una fanfarria que suena a cortina de Mirta Legrand ejecutada por un grupo de trompetistas con afta anuncia a la estrella de la noche: Filoso Fofó, analista político y payaso de este circo, que está haciendo una changuita con un show de monólogos a la gorra.
"Jelou", se presenta Fofó esquivando el zapato que le arroja una furiosa y barbuda travesti sensual como heladera vieja abandonada en una vieja casa de fin de semana abandonada. "Tengo una idea", propone: "Vamos a abolir el mes de enero".
Un silencio interesado irrumpe como si esas palabras fueran las últimas de la especie humana. Como auditorio de zombies en show de Los Nocheros, el público parece congelarse ante la propuesta. Mesiánico, Filoso dispara su ocurrencia hacia la audiencia: "Enero está demás, en enero no hay nada para hacer porque en enero no hay que hacer nada. ¿Alguien quiere hacer algo en enero? Está equivocado, no podrá... Enero sobra".
La idea conmueve al público, incluso a un tachero a punto de arrojar un cable a un charco para electrocutar a Fofó. "Sé que me dirán -sigue la arenga- que en enero se van a veranear, porque en febrero llueve más, kesto kelotro. Vayan nomás, a asolearse dos horas en un embotellamiento hasta llegar a la playa donde 40 mil o más ballenas juegan al tejo al mismo tiempo, luego demorar dos horas más para regresar al hotel a sacarse la arena incrustada hasta las vísceras y volver a salir para hacer 6 horas de cola hasta entrar a comer por 80 mangos en un tenedor libre vegetariano donde no queda más que dos coliflores masticados y una berenjena usada y después de una casata insípida que -como la bebida- no estaba incluida en el precio, esperar hasta las 4 de la mañana para ver una obra de Sofovi, divino ¿eh?, muy lindo enero para irse de vacaciones".
Primeros murmullos de aceptación revolucionaria crecen en el ambiente. Fofó no da tregua: "Si la alternativa a irse de vacaciones es quedarse, enero tampoco está bueno porque nada está bueno en enero. Si alguien cree que sí, vaya a morfar una picadita al lado del río, una feta de jamón barato cada 97 papas fritas, póngale kechup y luego, con 35 grados a las 23.57 intente llegar al baño entre la maraña de mosquitos. Además, amigos... para qué insistir con enero si en enero no pasa nada. Lo demuestran los noticieros que salvo que los salve la muerte de un famoso pasan de todo menos noticias. Hacen pelear a políticos por ver quién tiene más soldaditos... si no fuera por Aníbal Fernández y su tuiter, tendrían que cerrar todos los medios... Por eso les digo: ¡terminemos con enero! ¡que los años empiecen en febrero, con el carnaval! ¡basta de Gran Hermano y Aquí Cosquín!".
Una mediocre ovación corona el show. "¡Chau enero!", "¡Enero go home!", "¡A estos eneros de mierda hay que matarlos a todos!". El auditorio ríe feliz y un vaho de esperanza se mezcla con el sopor. Nada tan refrescante como un nuevo enemigo.