Se va este año, qué bien. Pocas veces uno se ha alegrado tanto de que el tiempo pase. No hace falta aclarar las razones, ¿no? La peste golpeó, otra vez, las puertas de la casa del hombre. Entró sin que nadie le hubiera dado permiso. Y aún está entre nosotros, cobrando su doloroso canon. Sin embargo, el aciago 2020 parte y se vislumbra una luz al final del túnel, vacunas de por medio. Se puede —aunque sea en dosis limitadas— volver a creer.
Charlaba, pocos días atrás, con un amigo, en uno de los escasos encuentros cara a cara que nos permite el acechante coronavirus. Y hablábamos, entre cafés y copas, de la época que transitamos, más allá de esta triste coyuntura pandémica. Planeábamos sobre los años como si fuéramos gaviotas sobre el mar, tratando de capturar —como lo hace la gaviota con el pez— su sentido. Y creo que fui yo, aunque tal vez haya sido él, quien lanzó la frase que quedó picando: “En la sociedad se percibe una fuerte disminución del caudal de esperanza”. No importa, en verdad, quién la haya dicho (así son las buenas conversaciones, máquinas de descubrir, dispositivos para pensar en conjunto), aunque la oración es certera: hace ya tiempo que las expectativas de eso que se suele llamar “la gente” pasan por ejes melancólicos, ceñidos al individualismo más crudo o al consumo liso y llano. Todo se limita al horizonte personal o, en el mejor de los casos, familiar. Son muy pocos quienes logran saltar ese cerco para ingresar en la imprescindible esfera de lo colectivo: aquellos que tienen visión de ciudad, de país, o del destino del mundo. (Como toda generalización, esta adolece de defectos: sin embargo, puede asegurarse sin temor que los rasgos descriptos atraviesan de lado a lado las clases sociales, separadas entre sus extremos pudiente y pobre por un abismo de desigualdad que no deja de crecer). Y en ese paisaje, la primera víctima no es otra que el futuro.
¿Futuro? —dirán muchos—. ¿Qué es eso? La respuesta no es simple, pero al mismo tiempo resulta necesaria: porque sin futuro, el presente no se justifica. Sin embargo, hace tiempo que el planeta entero parece vivir así, carente de mañana, gastando a cuenta en una permanente ilusión cortoplacista pagada en cómodas cuotas con tarjeta. Pero el mundo se está agotando. Y que se sepa, no existe otro.
Fue en Gran Bretaña, durante el surgimiento del movimiento punk, que se lanzó la consigna “No future”. Lo hizo en el lejano 1977 el legendario y revulsivo grupo Sex Pistols: “No future / No future/ No future for you// No future / No future / No future for me”, cantaba el salvaje Johnny Rotten hace ya cuarenta y tres años, y desde entonces las cosas no han hecho sino empeorar. Hoy se vive en un ahora constante, instantáneo, frágil, en un estado de distracción permanente, generado por la velocidad infinita de los medios digitales. Estimuladas de manera constante, las criaturas de esta época parecen haber olvidado la pausa: ya no saben mirar, porque han entregado sus ojos.
Leer un libro, sentado ante la mesa de un bar. Caminar y detenerse a contemplar la forma de las nubes en el cielo de verano, los lapachos en flor, un balcón donde los malvones entregan su fulgor discreto. En la hondura de esos gestos habita el sentido olvidado. El futuro tendrá raíces en un presente que lo acune, que lo imagine y lo busque con pasión innegociable. Sin embargo, nadie persiste, nadie ahonda, nadie combate. El futuro es de todos, y no se puede comprar. Solo con generosidad es posible construirlo.
En el porvenir, que es lo que nos espera, los hijos por nacer se abrazan con los muertos más hermosos. Los frutos del amor, que sin duda vendrán, se unen en ese tiempo utópico a quienes soñaron y pensaron una Tierra de todos, donde lo mejor de los hombres —la solidaridad— desplace al egoísmo del centro del mundo, que actualmente ocupa. Marcel Proust, en su famosa “En busca del tiempo perdido”, intentó que el pasado permaneciera vivo, como una catedral etérea. Y vaya milagro, lo consiguió. Nuestra tarea es otra: lograr que la esperanza no se extinga y abandone su ligazón infecunda con el “yo” para unirse, de manera indisoluble, al “nosotros”. Que así sea.