Hace pocos días, el parque Scalabrini Ortiz, de la ciudad de Rosario, en la zona de barrancos del río Paraná, fue escenario de un ensamble entre la desesperanza y la caprichosa e insondable interpretación del destino, sobre la ley de causa y efecto. Un hombre marginado, sin casa, sin trabajo, peleando por un lugar en el mundo, decide arrojarse a la tenebrosa corriente del río para rescatar (logra hacerlo) a otro hombre que decidió suicidarse ahogado, atando una piedra a su cuerpo para asegurar la intención. Luego, al hacerse público el acontecimiento, ingresa a escena otro inesperado actor que se identifica como travesti y pide el anonimato. Conoce la circunstancia de vida del héroe y conmovido le ofrece una casa que el dispone deshabitada, para que restablezca su dignidad. Sellando lo que califiqué como estrategia divina, un camarógrafo de noticias filma el después de lo ocurrido registrando imágenes de una actitud social infrecuente: un agente policial que se encuentra en el lugar se abraza con el rescatador sostenidamente, como dando tiempo a la silenciosa nobleza para permanecer triunfante unos minutos en el “reino del que me importa”. Extraña mixtura entre la pasión y la redención humana. Inesperado encuentro de expectativas de vida, de conciencias atormentadas, para que un lirio pueda florecer en el denso pantano del consciente colectivo. No pude evitar la sospecha en mi limitada comprensión de un orden superior, que una exquisita hechura sobrenatural (¿Dios?), convirtió esta vez el fracaso en éxito.


























